POR JESÚS LECHON

Te escribo esta carta, padre, ya la segunda desde que marchaste, y lo hago a matacaballo con la premura que da el verse uno sobrepasado por el tiempo. Bendito para mí, maldito para ti, al ver que han transcurrido dos años desde que se cerró tu nicho aquella solitaria tarde lluviosa y fría víspera de San Isidro, justo al fin del maldito confinamiento, al cual tal vez le debamos la vida. ¡Dos años ya! Y cuando te visito y recito tu epitafio a modo de oración, no paro de imaginar cómo estarás, qué quedará de ti. Hodie mihi, cras tibi.


“Un poco más tarde, mientras yo le contaba lo primero que se me pasaba por la cabeza, sencillamente para que escuchara el sonido de una voz amiga, abrió de repente los ojos. La congoja inmunda, la vergüenza de su cuerpo delicuescente eran perfectamente legibles en ellos. Pero también, una llama de dignidad, de humanidad derrotada, aunque incólume.” *
Acto seguido, pediste un poco de zumo. Busqué una naranja y exprimí hasta la última gota en el convencimiento de que te devolvería la vida que aún no habías perdido. Tal cual te la acerque, bebiste el último trago y recordé décadas atrás a tu padre al cursar el mismo camino cuando pidió una cerveza y la abuela me mandó buscarla sin saber muy bien qué hacer. “Sube, Jesusín. El abuelo ha muerto”.
De nuevo, he decidido escribirte, aunque estés al corriente de todo, para darte cuenta de un modo sencillo de cómo van las cosas por aquí del lado de quienes, en una constante y vana ilusión, nos creemos tan afortunados como vivos.


Lo cierto es que la crónica del año, como todas, dirá bien poco. Ya pasados unos meses me cuesta recordar lo sucedido. Así, vengo de repasar de lo escrito aquello que quizás no sepas porque lo cierto es que los nichos a tu alrededor se van llenando a un ritmo indeseable. Mamá, cada vez que voy a verla, y voy todos los días, me da la mala nueva de que uno u otro ha llegado hasta allí. Y al corriente os iréis poniendo, aunque imagino solo será al principio porque, pasado un tiempo, temo que lo que nos ocurra o no, sabedores del destino final, tampoco os importará en demasía, siendo como tenéis y tendremos toda la eternidad.


De un mayo a otro, fue un verano raro. Mamá se rompió un brazo allá por la Virgen del Carmen cuando se iba a marchar al pueblo y hubo que retrasarlo. Llegó por San Roque, que no se celebró como tal y a escape lo aviamos, tan apenas lo vimos en la iglesia, nadie le bailó, media docena de dichos y se jopó a su casa. Tampoco hubo Santo Cristo y la Navidad fue rara. Del resto, aquello del matadero sigue estancado y de aquí a un año habrá elecciones municipales. Estoy cansado.
Días atrás me nombraron Cronista de la Villa de Calamocha, con lo cual ya tengo solucionado mi epitafio. El alcalde se emocionó y tuvo unas bonitas palabras para ti. ¿Te acuerdas el día que metiste el camión en aquel campo a punto de cosechar y el padre del alcalde te ayudó, paró su camión, sacó el tuyo y te dijo: «José María, aquí no ha pasado nada. Jamás lo sabrá nadie. Tú, para adelante, siempre para adelante»?
Sin más, me despido hasta el año que viene. Ahora que llega el buen tiempo, la vida sigue y quedamos a la espera de alguna que otra pedregada.
*Jorge Semprún, en La escritura o la vida.

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2 comentarios en «Tierra calamochina II»
  1. Me encanta este comentario a tu padre……..a veces apetece comentarles cualquier cosa aún sabiendo que no te van a escuchar…

  2. Reconforta hablarles y también escribirles. Como le encantaba leer periódicos le deje en el cementerio en lugar de flores los artículos del Comarcal para que se los lea y disfrute.
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