POR PASCUAL SÁNCHEZ

Seguimos recordando a Ildefonso Manuel Gil en el aniversario de su muerte, acaecida el 28 de abril de 2003, con sus relatos darocenses en el imaginario pueblo de Pinarillo. En la misma taberna en la que Chorlito y Cadola protagonizaron su “faena taurina” relatada en el artículo anterior, que ya dije que era la de peor fama de Daroca (Pinarillo), se reunían otros muchos personajes no menos curiosos. Dos de ellos eran conocidos como Pristo y Costillas, muy aficionados al guiñote que solían practicar horas y horas en las que nunca faltaba un porrón de vino clarete sobre la mesa de juego.
Pristo era un hombre grande y peludo, de aspecto rudo, pero buena gente. Se dedicaba a sanar personas y bestias, y tenía fama en la comarca de su buena mano para arreglar huesos rotos y dislocados, y curaba la ictericia empleando algunas hierbas. A sus pacientes les hacía jurar ante una estampa de San Francisco Javier entre dos velas encendidas que, aunque reconociesen las hierbas, no lo contarían. El texto del juramento lo tenía escrito en un cartón y, antes de cada “intervención”, lo leía de modo muy ceremonioso.


Siendo un “negocio” ilegal, ninguna autoridad se metía con él y Prisco sacaba buen dinerillo para mantener a su numerosa prole. El Costillas, que trabajaba muy poco o nada, salvo la ayuda que le prestaba a Prisco para sujetar a sus pacientes a cambio de tener aseguradas sus consumiciones en la taberna, era delgaducho y pálido, malcarado con la mayoría de las personas y había tenido ya sus problemas con la Ley. No en vano, pasó varios años en la cárcel y nada menos que por asesinato. Cuando el vino le soltaba la lengua, cosa que ocurría con frecuencia, contaba sus experiencias en la cárce,l en la que hizo “buenos amigos”. Especialmente uno de Monreal con el que compartió celda y que estaba allí por haber matado a su mujer y a su amante.


—Era muy buena persona—Decía. —y no lo habían encerrado por matarlos, que se lo merecían, sino por “pasarse de rosca en el adorno”.
Farfullaba Costillas que su compañero le contó con todo detalle como fue el “asunto”.
—Un día que regresó a casa antes de lo acostumbrado, pilló a los amantes en plena faena y en su propia cama y, ni corto ni perezoso, se fue a la cocina, cogió el cuchillo más grande que encontró y volvió a la habitación, donde los adúlteros seguían copulando como dos animales, sin percatarse de la presencia del engañado marido, que se fue hacia ellos y los apuñaló repetidas veces. Observó con rabia los desnudos y ensangrentados cuerpos y, con el mismo cuchillo, les cortó las cabezas y las arrojó a la calle desde la ventana.
Le gustaba al Costillas contar estos crímenes de otros. Sin embargo, no hablaba mucho del suyo propio, incluso debía de tener algo parecido al remordimiento porque cuando volvía a casa por la noche, bien cargado de vino, daba un rodeo para no pasar por el callejón donde se había producido el asesinato, en el que durante mucho tiempo se mantuvo la enorme mancha de sangre en la pared sobre la que Costillas descargó varias puñaladas a su víctima únicamente porque se había burlado de él momentos antes en la taberna.
—Te vas a joder, cabrón—Pensó, y se fue al callejón por el que sabía que aquel pasaría para volver a su casa y así fue, y se produjo la tragedia. Pero, ahora que ya había pagado su delito, Costillas temía que algún día se le presentaría el muerto clamando venganza.

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