Por Pascual Sánchez

     No conozco documento que certifique el día exacto en el que los Corporales entraron en el recinto amurallado de Daroca, aunque pudo ser el 15 de agosto de 1248, ya que en ese año el arzobispo de Zaragoza, Arnaldo de Peralta, autorizó el traslado y en esa fecha se celebró durante años en Daroca una verdadera fiesta con una procesión desde San Marcos a la Iglesia de Santa María atravesando la Puerta Baja, momento en que, según la tradición, se escucho el salmo “non fecit taliter omni nationi”.

    Fuese en esa fecha o en otra más o menos próxima, el Paño Sagrado con las Seis Formas Ensangrentadas se guardó y adoró en el convento de San Marcos en el que la mula había doblado sus patas el 7 de marzo de 1239.

     Tampoco hay veracidad alguna en lo que van a leer a continuación. Se trata de una libre interpretación de una antigua leyenda darocense, quizá menos conocida que otras pero tan interesante como cualquiera de ellas.

      En una fecha indeterminada cercana a la mitad del siglo XIII, cuenta la tradición que al atardecer de un día otoñal en Daroca se aproximaba hacia la Villa por el camino de Manchones un hombre con una cesta llena de uvas, y al pasar por la puerta del convento de San Marcos fue observado por un alguacil que  se dirigió a él con estas o parecidas palabras -a dónde vas, Martín, con esas uvas?-  -a mi casa- respondió el individuo. -y de donde las has sacado?- insistió el alguacil. -son de mi viña- respondió Martín con cierto nerviosismo.

-Martín Bisagra….- dijo el alguacil con cierto retintín -te conozco desde hace años y también a tu familia, y ni tu ni ella tenéis ni habéis tenido nunca campo ni viña alguna- Martín respondió -juro por los Sagrados Corporales que están aquí guardados que estas uvas son mías- dijo señalando la puerta del convento, y añadió, -si miento que me convierta en piedra aquí y ahora-.

Se hizo un silencio entre los dos hombres mientras la tierra temblaba ligeramente bajo sus pies y Martín comenzó a ponerse pálido ante el asombro del alguacil que observaba como el hombre que tenía enfrente con una cesta de uvas entre sus manos iba poco a poco convirtiéndose en una estatua de piedra, lo que sucedió en pocos instantes.

     Enseguida se corrió la voz  de lo ocurrido por toda la Villa y en poco tiempo el lugar comenzó a verse rodeado de gente para comprobar lo que habían escuchado. Efectivamente, Martín se había convertido en una estatua de piedra. Un hecho completamente inexplicable que algunos, los más creyentes, lo interpretaron como el castigo por un juramento en falso poniendo a los Corporales como testigo.

     La estatua en que se había convertido Martín se colocó en el atrio de la iglesia, vigilada día y noche. Había gran expectación por si aquello que parecía un maleficio terminaba y Martín recuperaba su estado natural, pero pasaron los días y las semanas y el hombre de piedra continuaba tal cual.

    Tiempo después se puso en su pedestal una inscripción que decía “vean en que me torné para ejemplo de mortales, porque aquí en falso juré por los Santos Corporales”

   La gente acudía a ver aquella estatua y arrancaban trocitos de piedra como recuerdo hasta el punto de que hubo que colocar a su alrededor una verja que la protegiese, y ahí estuvo el hombre de piedra más de cinco siglos, hasta que durante la ocupación francesa de Daroca en 1809 los soldados, entre una más de sus fechorías destruyeron la ya famosa estatua.

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