Nos fuimos porque no había otra opción. No porque quisié- ramos
vivir en la ciudad, ni porque el pueblo dejara de importarnos, sino
porque quedarse dejó de ser viable. En aquel momento, marcharse
a la ciudad se entendía como avanzar. Era una idea asumida, casi
incuestionable. Allí estaba el trabajo, la formación, los servicios y la
promesa de estabilidad. Frente a eso, el medio rural quedaba fuera
del relato de futuro.
Ese marco justificó muchas cosas. Se cerraron servicios, se concentraron
oportunidades y se aceptó el vaciamiento de amplios territorios
como algo inevitable. Durante años, las decisiones políticas y
económicas se tomaron en esa dirección sin que pareciera necesario
justificarlas demasiado.
El cambio fue profundo también en lo cotidiano. Pasé de una escuela
pequeña, con pocos alumnos de distintas edades y una enseñanza
adaptada al contexto en el que se vivía, a un sistema educativo más
grande y uniforme. No fue mejor ni peor. Fue distinto, y marcó otra
forma de aprender y de relacionarse con el entorno.
Gracias a aquella marcha pude formarme en la Universidad. No
porque el campo no tuviera valor, sino porque la agricultura y la
ganadería dejaron de ofrecer la rentabilidad suficiente. Mi padre liquidó
su explotación agroganadera y buscó trabajo en la ciudad. No
hubo épica en esa decisión. Hubo necesidad.
Con los años, la mirada sobre el medio rural ha ido cambiando. Las
ciudades concentran oferta: formación académica, ocio… El medio
rural ofrece otra cosa. No más sencilla ni más cómoda, pero sí más
directa. Vivir en un pueblo implica enfrentarse a lo que hay —y a lo
que falta— sin intermediarios, asumir las consecuencias de las decisiones
diarias y mantener una relación constante con el lugar en el
que se vive.
Después de haber pasado por ambas realidades, decidimos criar
a nuestros hijos en el medio rural. No por nostalgia ni por una idea
romántica, sino porque queríamos una vida más tangible, en las relaciones
personales, en el día a día y en la relación con el entorno
natural.
Lo que no ha cambiado al mismo ritmo es la política. Durante décadas,
gobiernos de distintos signos han gestionado el territorio con
una lógica muy similar. Mientras tanto, los pueblos perdían comercios,
transporte, oficinas bancarias, escuelas… Lo que antes era normal
dejó de serlo. Hoy, en muchos lugares, no queda nada de aquello.
Resulta llamativo que ahora, cuando el problema es evidente, quienes
han gobernado durante años reivindiquen una identidad rural
que nunca se tradujo en decisiones sostenidas. El deseo de vivir en el
medio rural existe, y es cada vez mayor, pero choca con obstáculos
muy concretos en empleo, vivienda, servicios básicos, apoyo real al
sector primario…
Aun así, empiezan a aparecer formas de hacer política distintas,
ligadas al territorio y a la experiencia directa de vivir en él. Personas
que no hacen de la política una forma de vida, que conocen los
problemas porque los comparten y que trabajan sobre lo concreto:
leyes, competencias, propuestas posibles. Sin ruido, sin gestos grandilocuentes
y sin necesidad de enfrentar a nadie para ganar apoyos.
El futuro no será solo urbano. Tampoco será rural por inercia. Será
equilibrado, o no será. Y eso exige algo más que discursos: mirar el
territorio como un espacio de oportunidades y de proyectos vitales, el
compromiso de quienes vivimos en él y una apuesta pública sostenida,
como ya ocurre en otros contextos europeos.

Comparte esta Noticia

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *