Sor Calamocha

Mar 31, 2022

POR JESÚS BLASCO

En la noche de la ilusión por antonomasia y una vez que los Magos de Oriente acabaron con la tarea de repartir felicidad por tantísimos hogares, hicieron un alto en el camino para llevarse con ellos a la morada del Padre Eterno a sor Sagrario de la Inmaculada, la última monja del cenobio calamochino tras trescientos diecisiete años de presencia concepcionista entre nosotros.


En un desgarrador tres de marzo de dos mil siete, se cerraba este convento tan pegado a nuestras vidas y, con los ojos entre lágrimas, vimos partir en un viaje sin retorno a las tres últimas monjas que quedaban, enfermas y mayores, con dirección al convento de Miedes de Aragón, donde moriría sor Teresita y donde la madre Gregoria y sor Sagrario permanecerían hasta el cierre de Miedes, pasándose al convento de Borja, donde han estado hasta su muerte.


La que hemos conocido como sor Sagrario, se llamaba en la vida civil María Ángela Riba Anadón y vino al mundo en 1937 en la calle de Santa Ana de la zaragozana localidad de Monzalbarba. Fue la mayor de cinco hermanas y a los diez meses de edad sufrió el por entonces conocido como paralís infantil, lo que no le restó movilidad, pudiendo llevar una vida casi normal, si bien al ir cargándose de años la hemos visto con muleta y, finalmente, en silla de ruedas.


En plena adolescencia, con quince años, hizo saber en casa su deseo de ingresar en un convento de clausura, cosa que no fue muy bien recibida, especialmente, por parte de su padre, que no dio su consentimiento y nuestra Angelita -que así la llamaban en su entorno familiar- debió esperar hasta cumplir los veintiún años cuando, por entonces, se alcanzaba la mayoría de edad.


Durante esos años de espera, era asidua al Hogar Pignatelli, donde desarrolló el oficio de camisera, cosa que le dio oportunidad de llevar alguna ayuda a casa confeccionando esta prenda para caballeros cuando no existía el “prêt á porter”. En el Hogar trabaría una profunda amistad con la que conoceríamos como sor María Pilar, quien más tarde sería la organista. Ambas entraron a la par a este monasterio al que dieron con su juventud una inyección de vitalidad. Y mientras, en Monzalbarba, el padre de sor Sagrario quedaba contento al ver la felicidad de su hija, a la que siempre tuvo en el pensamiento, acompañándose a la hora de comer de una minúscula muñequita vestida de monja que todos los días ponía en la mesa frente a su plato.


Sor Sagrario, en sus más de sesenta años de clausura, fue muy feliz entre los muros del monasterio calamochino, al que llamaba su casa y donde pasaron por sus manos cientos de calamochinos en sus años de parvulario que la siguen recordando. El propio edificio, amplio y con anchuras por todas partes, también ayuda a una vida entre esas paredes que tienen un halo especial de misticismo, con luz a raudales que entra por las ventanas, sonidos de agua y una feraz huerta con abundancia de frutas y verdura.


Era muy buena lectora y, en consecuencia, le tocaba a diario leer lecturas piadosas para la comunidad en los momentos de refectorio. La falta de movilidad en los pies le fue sobradamente compensada en sus prodigiosas manos, de donde salieron piezas bordadas que han viajado por media España, siendo Calamocha y comarca donde encontramos la mayor parte de su legado; y si como cantaba el Pastor de Andorra “tendí la manta en el monte y se me llenó de flores”, nuestra monja también llenó de flores en seda y oro infinidad de ajuares de novia, mantos y capas para santos -incluido nuestro patrón San Roque-, estandartes y banderas, entre las que sobresale, por su relevancia, el manto para la Virgen del Pilar ofrendado por la Academia General Militar, cuya repercusión derivó en otro manto para la patrona de Calatayud, la Virgen de la Peana, ofrendado por la Academia de Logística.
Con sor Sagrario, se cierra una etapa de nuestra historia local, se lleva a la tumba como último testigo el testimonio que no llegó a cumplirse de la voluntad de la comunidad respecto del convento ,y a falta de marcharse en silencio, sin ningún reconocimiento ni despedida pese al cariño enorme que siempre les hemos profesado, vaya lo de Sor Calamocha, merecidísimo título para quien fue calamochina militante y de corazón, y con esa palabra siempre en su boca.

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