Episodios Locales

May 2, 2022

POR JESÚS BLASCO

Con mejores resultados de los esperados, al final pudimos salvar los muebles en la celebración de una Semana Santa que, a priori, pintaba mal tras dos años sin procesiones con la imaginería en cocheras y el mundo cofrade desconectado.
Lo vivido ni es para olvidar ni para conformarnos con cofradías mermadas de abundantes cofrades que optaron por la holganza, poniendo en peligro una tradición de siglos. Esperemos que una situación como la vivida nos haga reflexionar para que siga existiendo este patrimonio inmaterial que lleva implícito nuestro ADN, al que debemos preservar con nuestro compromiso sin dejarlo perder por algo tan poco ejemplarizante como la vagancia y el ganduleo.


En estas señaladas fechas, ha vuelto a repetirse lo de todos los años, con visitantes foranos que deambulan por nuestras calles sin rumbo fijo y con cara de despistados al hallarse las dependencias municipales cerradas a cal y canto, sin ningún retén que les ofrezca un simple folleto turístico, cuando lo suyo sería tener formado a un grupo de enseñadores del pueblo para lo cual no hay que tener ningún título universitario, pues basta con ser voluntario, tener conocimiento del medio y programar diferentes alternativas en unos horarios con salidas de visitas guiadas por el propio casco calamochino.


Dar a conocer la localidad es una buena operación de marketing y una excelente inversión, siendo la hostelería la primera en hacer caja; pero recibir visitas en un pueblo como el nuestro, donde no nos sobra patrimonio, se requiere de un mayor esfuerzo para sorprender, apoyándonos en el maquillaje tantas veces mentado, y mostrando la casa limpia y las camas hechas, sin necesidad de que nuestros electos corporativos incluyan atractivos de su cosecha, como es el caso de la fuente ornamental con boina de la plaza de España, medio año tapada con una lona y el resto meándose fuera cuando hace aire, y con unos chifletazos del surtidor a lo bestia que cualquier parecido con el Generalife es pura ficción.
Toca paciencia, llevamos así cinco legislaturas y lo que te rondaré, bien porque hay que esperar turno al tener más fuentes que relojes en el Palacio de Oriente, o bien porque nuestros mandamases están encantados de conocerse y desean mostrar al visitante esta singularidad peninsular, sin reparar en las soluciones que hace décadas aplicaron otros municipios con parecida climatología.


Aquellos que lleven meses sin pasar cerca del humedal notarán que ha pasado la segadora para dignificar el anillo verde de la fuente, llevándose por delante
aquella amalgamada plantación entre la que hemos visto desde cardos hasta las apetecibles mielgas para los conejos; y, sin embargo, ha sido una lástima que no se hayan llevado por delante todo el campo de sandías (léase bolardos) que para lo único que sirven es para estorbo, además de propiciar alguna caída, como le ocurrió en la pasada Semana Santa a un cofrade que con el capirote puesto, tropezó y cayó de bruces rematando en el Obispo Polanco.


Otra joyica con la que alegrar la visión de propios y extraños la tenemos sin salir de la Plaza de España, a pocos metros del edificio ayuntamiento: la conocida Acequia de las Monjas donde, en pleno cauce y de manera reiterada, puede verse brotar vegetación sobre el montón de porquería detenida, resultando inaudita la falta de responsabilidad y el poco respeto que tenemos en nuestro querido pueblo a un bien tan preciado como es el agua. Poco o nada hemos aprendido de nuestros abuelos convocando a sufra (zofra) en época de parón invernal y hasta se les ha olvidado a los ediles la función que tienen de gestionar lo nuestro, llamando a consultas a quien y cuando haga falta.
El río, en su trazado urbano, también está esperando una zambullida para una limpieza manual, auspiciada en este caso por la casa lugar, precisamente ahora que comienzan el buen tiempo y los paseos, para disfrutar de unas cuidadas riberas y de un cauce que lleve agua en vez de vegetación.

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