POR PASCUAL SÁNCHEZ

Se cumplen por estas fechas 19 años de la muerte de Ildefonso Gil. Releyendo uno de sus libros “LA MUERTE HIZO SU AGOSTO” encuentro curiosas historias que el Padre la las Letras Aragonesas contaba como ocurridas en Daroca, aunque renombrada en sus relatos como Pinarillo.
Cadola y Chorlito eran dos de sus protagonistas, curiosos personajes clientes habituales de la taberna de peor fama de Daroca, la única en la que se permitía la entrada a gitanos y quincalleros.


Trabajaban esporádicamente en tareas que resultaban desagradables para la mayoría, como limpiar pozos negros y recoger aliagas para las ollerías, tejerías y matachines o acudir a la estación cuando llegaba un tren y a cambio de unas perrillas llevar los bultos de los viajeros hasta Daroca. Eran amigos inseparables a pesar de que años atrás ambos protagonizaron un suceso que acabó con uno de ellos en el hospital y el otro en la cárcel. Ocurrió en la mencionada taberna. Cadola y Chorlito se pusieron a emular una faena taurina para entretener a la clientela a cambio de unos vasos de vino.


Cadola hacía de toro y Chorlito era el torero. Cuando llegó el momento de “entrar a matar”, este se colocó gallardo frente al “toro” con su dedo corazón apuntando a la nuca de Cadola y “ejecutó una certera estocada al astado que cayó fulminado”. Los asistentes al festejo aplaudieron, vitorearon, y pidieron la oreja del “toro”. Tan entregado estaba Chorlito que se agachó hacia Cadola y le arrancó la oreja de un mordisco, trofeo que mostró orgulloso a los espantados asistentes. El “matador” acabó en la cárcel y el “toro” en el hospital de Zaragoza.


Cuando Chorlito salió de la cárcel se fue a la puerta del hospital y esperó a que saliese Cadola, y al verse se abrazaron y volvieron juntos a Daroca. Si ya eran amigos antes, a partir de ese momento serían inseparables. Pasaron los años y la salud de ambos comenzó a quebrarse. Cadola, antaño fuerte y enérgico, apenas se tenía en pié si no era con la ayuda de su amigo.


Un buen día, Chorlito fue requerido por un afamado músico darocense para que recogiese berros y puntas de zarza tiernas para sus tortillas. Estas plantas solamente se encontraban en las orillas de los ríos, muy próximas al agua y el desdichado cayó al Jiloca justo donde había una poza y desapareció en ella. Nadie lo echó en falta durante un par de días salvo Cadola que pidió a varios vecinos que saliesen en su busca, pero el Chorlito no aparecía por ningún lado. Unos días más tarde, cuando ya nadie lo buscaba, había un grupo de mujeres lavando junto al molino viejo y de pronto apareció el cuerpo del infortunado. Una vez dada la autorización judicial fue llevado a la losa en cuya puerta se sentó Cadola durante horas y la gente recordó aquella otra ocasión en que Chorlito esperó horas y horas a que Cadola saliese del Hospital, pero esta vez Chorlito y Cadola no volverían a reencontrarse.
Al funeral acudió mucho personal, sin embargo Cadola no tuvo valor para ir, además de que apenas podía tenerse en pie. Se mantuvo sentado en la puerta de la losa lloriqueando y gimoteando durante horas y la gente que pasaba le dedicaba palabras de sentimiento y consuelo.
-Probe, que muerte más mala ha tenido


dijo una mujer poniendo su mano sobre el hombro de Cadola.
-La “pior”,
respondió él
-¡Entripadico de agua!
Y estas fueron las últimas palabras que pronunció en su vida. Falleció a los pocos días y fue enterrado justo al lado de Chorlito.

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