POR PASCUAL SÁNCHEZ

Hubo en Daroca a principios del pasado siglo un periódico semanal llamado el Ruejo del que ya hemos comentado algo en este Comarcal. Su existencia fue muy efímera, apenas un año, pero en ese tiempo se escribieron algunos artículos bastante interesantes. Este al que me refiero aquí, es cuando menos muy curioso.
Un periodista de este semanario, llamado Santiago Pérez, escribió un artículo en el que explicaba un sueño que al parecer el mismo había tenido recientemente en el que se encontraba en Daroca en un futuro muy lejano, nada más y nada menos que en el año 2000, cuando este periodista vivía y trabajaba en la Daroca de 1909. Esta es una particular interpretación de aquel sueño que el periodista quiso compartir con sus lectores.


«Paseaba por las calles y plazas de Daroca asombrándome de todo lo que veía. La Ciudad había cambiado por completo, había crecido muchísimo con grandes avenidas y modernos edificios, hermosos barrios residenciales en las periferias, especialmente en el lado de la vega. Tardé algún tiempo en percatarme, no sin perplejidad, de que las murallas y torreones habían desaparecido. Ni rastro del extenso recinto amurallado y en su lugar grandes zonas arboladas. Los montes de ambos lados, San Jorge y San Cristóbal, completamente poblados de pinos y rebollos que absorbían el agua de las nubes creando abundantes arroyos que serpenteaban por ellos hacia las viejas ramblas convertidas ahora en canales perfectamente urbanizados.


Me acerqué hasta el camino de Manchones, que recordaba poco más que un pedregal y lo que vi fue una amplia carretera con varios carriles en cada sentido. Me detuvo ante una gran estación de autobuses con enormes vehículos que entraban y salían de ella repletos de viajeros. Daroca se había convertido en un importante centro de comunicación, tanto por carretera como por ferrocarril cuya estación se había modernizado y adaptado a las necesidades de aquella gran ciudad. Un autobús hacía el recorrido entre estación y ciudad varias veces al día para llevar y traer viajeros.


Finalmente fui a la Basílica con mucha expectación, trataba de imaginarme los cambios que habría experimentado, si es que existía, ya que después de haber visto la desaparición de los torreones y murallas cualquier cosa podría ser. Sin embargo mi sorpresa fue gratamente satisfactoria, pues contrariamente a lo que presentía después de lo que había visto hasta el momento, aquí no había cambiado absolutamente nada, al menos en el exterior, incluso se mantenía el balcón de la Clementa. Entré en la iglesia y vi que todo estaba igual. Su magnífico Altar Mayor con su órgano detrás, las capillas de un lado y de otro seguían tal cual. Pasé por detrás del baldaquino hacia el coro donde me detuve a observar los enormes libros del facistol, igual que los recordaba, lo mismo que la umbela y el tintinábulo que tantos recuerdos me traían de mi época de monaguillo. Entusiasmado me fui directo a la Capilla de los Corporales y pude comprobar la reliquia tras el óculo en el centro del magnífico retablo. Me senté en uno de los bancos de la primera fila emocionado, casi alucinando y observé el Corporal con las Seis Formas ensangrentadas.


Tan tranquilo y relajado quedé que sin apenas darme cuenta estaba completamente dormido en el asiento. No puedo precisar el tiempo que estaría en ese profundo sueño cuando de pronto escuché unos golpes. Todavía medio dormido y aturdido me di cuenta de que alguien estaba llamando a mi puerta. No estaba en la Capilla, sino en mi casa, en mi diván, en el que minutos antes me había sentado para leer el periódico.

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