l panorama actual en las comarcas del Jiloca y el Campo de Daroca presenta una paradoja frustrante.
Nos encontramos en un momento histórico donde, curiosamente, el problema no es la falta
de oportunidades laborales. Estamos viviendo un boom de empleo sin precedentes; hoy, quien quiere
trabajar en nuestras tierras, trabaja. Sin embargo, este motor económico corre el riesgo de griparse por
un cuello de botella crítico: la vivienda. Es común escuchar que en nuestros pueblos “sobran casas”.
La realidad es más matizada. Viviendas hay, pero habitables es ya otra cosa. Muchas de las propiedades
que hoy lucen persianas bajadas requieren inversiones profundas para cumplir con los estándares
mínimos de confort actual. A esto se suma un sesgo de percepción de algunos propietarios que,
movidos por el apego sentimental o una desconexión con el mercado real, creen poseer mansiones de
valor incalculable, bloqueando cualquier posibilidad de alquiler o venta razonable. ¿De qué nos sirve
tener una casa si solo se abre tres semanas al año? Mantener un inmueble cerrado no solo acelera su
deterioro físico, sino que lo empobrece. Como se analizó en la reciente jornada de “Reviviendo”, existen
fórmulas innovadoras para movilizar este patrimonio: rehabilitación a cambio de carencia en el
alquiler; alquiler con opción a compra, para facilitar el arraigo de jóvenes y una gestión profesionalizada
que garantiza la seguridad jurídica ante el miedo al impago o al vandalismo. Para aprovechar
este ciclo económico, debemos ser valientes en dos puntos. Primero, en lo administrativo, revisando
las ayudas incondicionadas. No tiene sentido subvencionar la inactividad cuando nuestras empresas
demandan mano de obra; el sistema debe incentivar la cotización y el esfuerzo. Segundo, y más importante,
debemos practicar la humildad generacional. Si algo se ha hecho “siempre así” y nos ha llevado
a la despoblación, es evidente que el método ha fallado. Es hora de dejar que las nuevas generaciones
tomen las riendas y nos impongan sus formas de habitar y trabajar, convirtiéndonos en el colchón que
les permita equivocarse y volver a intentarlo. La vivienda en el Jiloca y Daroca no debe ser un museo
de recuerdos familiares, sino el cimiento de un nuevo dinamismo rural. Si el trabajo ya está aquí, no
permitamos que unas paredes cerradas nos quiten el futuro.

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