Los días de Semana Santa en las comarcas del Campo de Daroca y del Jiloca no son solamente jornadas de celebraciones religiosas. Junto con las quincenas de agosto, estos días son los marcados en el calendario para regresar al pueblo. Durante estos días, el silencio habitual de las calles se rompe con el bullicio de quienes vuelven, transformando pueblos de apenas veinte habitantes en núcleos vibrantes que parecen negarse a desaparecer.
Sin embargo, si observamos con detenimiento, notamos que existe una especie de mimetismo colectivo donde las localidades aprenden unas de otras, adaptando actividades y replicando modelos que funcionan. Esto ha dado lugar a procesiones casi idénticas y jornadas de repoblación forestal que se repiten de valle en valle.
Todas ellas normalmente organizadas y orquestadas por las mismas manos, por esos eternos voluntarios que, con su mejor intención, mantienen el pulso de la comarca bajo una misma batuta. Esta inercia, aunque necesaria para la supervivencia inmediata, nos obliga a una reflexión urgente: ¿estamos dejando espacio a los que vienen detrás? Las nuevas generaciones están ahí, plantando árboles en parajes que antaño fueron el centro de la vida social y que hoy, lamentablemente, muchos jóvenes solo conocen de oídas.
Hemos permitido que el vínculo físico con la naturaleza se debilite, quizá seducidos por el brillo de pantallas y algoritmos de TikTok que nos roban el tiempo y la atención que antes dedicábamos al monte y a la vida en las calles. Para que nuestros pueblos no sean solo un espejismo de siete días al año, debemos ceder el testigo. Reclamar recursos no siempre significa pedir dinero; a veces, se trata simplemente de eliminar las asfixiantes trabas administrativas que frenan a las asociaciones sin ánimo de lucro.
Si permitiéramos que el ímpetu de los jóvenes fluyera sin los impedimentos que supone la burocracia o el “siempre se ha hecho así”, nuestras comarcas serían trending topic por su vitalidad constante. Es hora de que las asociaciones culturales recuperen su papel de vanguardia. Si logramos que los nuevos pobladores y los hijos del pueblo sientan que tienen voz propia para crear sus propios espacios, el Campo de Daroca y el Jiloca no solo se llenarán en Semana Santa y agosto.
Se convertirán en lugares donde la tradición y la innovación convivan, devolviendo a la naturaleza el protagonismo que las redes sociales intentaron arrebatarnos a golpe de clic o de like.
