Carmen Soguero, docente de matemáticas con vinculación al Jiloca, ha dedicado más de tres décadas a la enseñanza, la formación del profesorado y el impulso educativo rural

Hace treinta años que la vida nos devolvió a esta tierra, nuestro Jiloca. Este volver coincide con un comienzo, el de mi labor como docente, ocupación que ha llenado este tiempo marcando el ritmo cotidiano y las relaciones en el entorno rural que compartimos.
Cada día te levantas consciente de lo que tienes en las aulas. Sabes de ese alumno que necesita hoy una atención especial, porque ayer te contó que tenía un problema, o de ese otro que no necesitó palabras, porque su comportamiento te habló de ello. También sabes de aquellos que disfrutan con tus enseñanzas (lo sé, no es fácil con matemáticas, pero los hay). Y, cuando acaba la mañana, llegas a casa con un montón de ejercicios que corregir y de cabecicas que al día siguiente ocuparán tu pensamiento al levantarte.
Ha sido un tiempo de desarrollo profesional y personal, de diseño de proyectos con los que buscas una mayor eficacia en tus enseñanzas, sacándolas a veces del aula. De actividades y viajes con los que esperas encender la chispa del deseo de aprender. De relaciones con padres, siempre preocupados por sus hijos. Y porque, a sus hijos, las matemáticas… no se les dan bien.
Y van pasando los cursos, y con ellos los alumnos. Cada año entra en el centro una quinta nueva, niños que miran los pasillos con aire asustado y las aulas con la expectación de las primeras veces. Y sale otra, casi adultos ya, abriéndose paso a nuevos comienzos. En ese ciclo continuo, los docentes quedamos, con una ilusión de eterna juventud que nos confiere el estar siempre rodeados de adolescentes.
Pero el tiempo pasa, y los que fueron alumnos, ahora son profesionales que, en nuestra comarca o lejos de ella, van tejiendo los hilos de su vida. Da satisfacción pensar que algunos de esos hilos se formaron en la rueca de tus clases. Cuando un ex-alumno te saluda y con alegría te comenta alguna anécdota de su tiempo en el instituto, o les dice a sus hijos “tu profesora también me dio clase a mí”, o cuando caes en la cuenta de que parte del claustro con el que compartes el día a día está formado por antiguos alumnos que han seguido tus pasos, el orgullo te llena.
Desde el desconocimiento se puede pensar que esta profesión va a resultar tediosa por repetitiva. Nada más lejos de mi percepción. Aunque, año tras año se imparten los mismos contenidos, el alumnado, los enfoques, y parte de los compañeros, cambian. Cada curso los afanes son distintos. Además, la docencia te ofrece la posibilidad de asumir diferentes roles en el entorno educativo.
Formar parte de un equipo directivo, en general, no es una tarea deseada. Y sin embargo es una oportunidad fantástica de abordar los cambios que consideras necesarios en tu centro y de poner en marcha proyectos que requieren el empuje de muchos. Con un buen equipo, se trabaja mucho y bien.
Otra posibilidad de esta profesión es la de formar parte de la Red de Formación del Profesorado. El trabajo como asesora de formación, e incluso como directora del centro me proporcionó una visión más global de la enseñanza, acercándome a los docentes de otras etapas educativas, lo que me descubrió un mundo de grandes profesionales. Aprendí tanto que, para mí, hubo un antes y un después de esos años.
Entre otros aspectos, esta etapa como asesora me despertó un interés mayor por la didáctica de las matemáticas, lo que me llevó años más tarde a impartir esta disciplina entre alumnado de magisterio en Teruel. Considero un privilegio el haber podido contribuir a la formación de estos futuros maestros, entre los que encontré, qué alegría, antiguos alumnos del instituto.
Quiero destacar que toda esta singladura, la hemos desarrollado aquí, en nuestro querido Jiloca. Aquí hemos tenido nuestro desarrollo profesional. Aquí hemos criado a nuestros hijos, que ya vuelan solos pero siempre vuelven. Aquí vivimos y aquí comienzo una nueva etapa, con júbilo y deseos de seguir creciendo y aprendiendo. Desde aquí.
