Jorge Martín, natural de Monreal del Campo, transformó su curiosidad infantil en un proyecto artesanal

Soy Jorge Martín y, desde que tengo memoria, siempre he sido una persona tremendamente inquieta. De pequeño me costaba muchísimo estar quieto, así que buscaba formas de canalizar toda esa energía que parecía no tener fin. Uno de mis pasatiempos favoritos era desmontar juguetes que ya no utilizaba. Me fascinaba abrirlos, ver cómo estaban hechos por dentro y, con las piezas, las baterías o los motores, inventar otros juguetes nuevos o cualquier cosa que mi imaginación pidiera en ese momento. Más de una vez tuve que ir a la ferretería a por material, porque la mitad de mis inventos nacían de piezas sueltas y cables recuperados. Siempre decía que quería ser inventor, y de alguna forma, en mi cabeza infantil, ya lo era.
Pero llegó un día en el que me quedé sin juguetes para desmontar y sin material con el que experimentar. Ante esa especie de “crisis creativa”, se me ocurrió ir a la impresora, coger un buen montón de hojas y ponerme a buscar en internet qué podía hacerse solo con papel. Descubrí un mundo enorme: desde aviones y figuras sencillas hasta técnicas de papiroflexia que parecían imposibles. Había tantas posibilidades que no existía un techo, y eso me enganchó inmediatamente. Me quedé completamente fascinado al darme cuenta de que, con una simple hoja de papel, se podían crear formas inimaginables. Un solo material laminar, tan humilde, y sin embargo capaz de transformarse en casi cualquier cosa.
A partir de ese momento, el origami se volvió parte de mi día a día. Cada pliegue que aprendía me llevaba al siguiente, y poco a poco fui desarrollando destreza y curiosidad por figuras más complejas. Un día, mi madre, Luisa Marín, me vio haciendo una figura que, para la edad que tenía en ese momento, era bastante complicada. Se quedó muy sorprendida y me dijo que aquello seguro que podría tener salida, quizá en cuadros o en algún tipo de decoración.
La casa empezó a llenarse de figuras. Literalmente. Había grullas, flores, animales… y mi madre, con su ingenio habitual, tuvo que buscar una solución antes de que el papel colonizara todas las estanterías. Así fue como empezamos a probar: poner las piezas en cuadros de profundidad, crear composiciones y empezar a pensar en productos que dieran valor a aquel trabajo artesanal. Poco a poco fuimos desarrollando distintos tipos de artículos, siempre con una premisa clara: el origami como esencia de todo.
Con el tiempo, fueron los propios clientes quienes nos inspiraron para ampliar el catálogo. Muchos de los productos que hoy hacemos nacieron directamente de sus ideas: pendientes, collares, detalles decorativos y piezas únicas pensadas para ocasiones especiales. Con la misma filosofía, empezamos a ofertar talleres de origami, compartiendo lo que habíamos aprendido y acercando esta técnica a niños y adultos. También realizamos productos personalizados, porque cada persona que se acerca a este mundo suele traer una historia, un gusto o una idea que merece transformarse en algo único.
De toda esa evolución, de ese juego entre creatividad, papel y artesanía, nació Mahi Origami, nuestra marca. Su nombre viene literalmente de lo que somos: “madre e hijo”, porque este proyecto nació de los dos, de su apoyo y de mi curiosidad por crear. Mahi Origami no surgió por estrategia, sino por necesidad: primero la necesidad de colocar todas las figuras que llenaban la casa y, después, la necesidad de compartir esta técnica que tanto me había marcado desde pequeño. Hoy es el lugar donde volcamos todo lo aprendido, donde combinamos tradición y experimentación, y donde cada pieza sigue naciendo del mismo impulso que me movía cuando desmontaba juguetes: inventar, crear y transformar.
Hoy, mirando atrás, me doy cuenta de que todo empezó con la inquietud de un niño que quería inventar cosas y que un día, sin juguetes que desmontar, encontró en una hoja de papel un universo entero. El origami me enseñó que no hace falta mucho para crear algo valioso: a veces basta con mirar un simple papel y decidir doblarlo de una manera diferente.
Antes de terminar, quiero agradecer a mi familia, que ha tenido una paciencia infinita conmigo desde siempre. Y, sobre todo, quiero agradecer a mi madre, Luisa Marín. Desde muy pequeño fue ella quien alimentó mi creatividad como nadie, quien nunca frenó mis ganas de inventar y siempre abrió espacio para todo lo que yo imaginaba. Todo lo que soy hoy, todo este camino, no habría sido posible sin su apoyo constante, su fe y su manera de recordarme que crear siempre vale la pena. Gracias, mamá. De corazón.”
