UN LUGAR EN EL SOL
Isabel Pascual
La vida fluye sin pedir permiso, eso está bien. Ha de ser así, aunque cueste comprenderlo, sobre todo cuando el cauce del río traza un quiebro inesperado y nos deja cicatrices, unas veces en la piel y otras en el corazón. Llega el tiempo de los almendros en flor, casi huele a prímulas, y este renacer adelantado nos devuelve a pasadas primaveras. Sabemos que la luz lo inundará todo, como savia de vida, de espléndidos colores, parecerá que descubrimos lo que ya estaba ahí, y con renovado entusiasmo recibiremos la estación más radiante del año.
La primavera evoca momentos de felicidad y en muchas ocasiones nos traslada a la infancia, cuando la palabra preocupación no pertenecía a su campo semántico, observada desde la atalaya de la edad acumulada, claro. Pero también puede llevarnos a épocas complicadas, como la de la adolescencia, bendita enfermedad cuya vacuna aún no ha sido testada: en ese periodo de revolución física y emocional se abría la caja de la vida, como si fuera la de Pandora, y de repente asomaba un mundo muy diferente al de la niñez, tan distinto e incomprensible que tan pronto creías que la confusión y la melancolía te asfixiaban, como te sentías extraordinariamente afortunada. Aquellos tiernos días… Me visita la nostalgia y su dulce veneno dibuja una sonrisa en mis labios.
Me gusta recogerme en tales instantáneas evanescentes. Además, de vez en cuando conviene encontrar un buen refugio que mitigue las prosaicas inquietudes diarias. Confío en que, a pesar de los pesares, todo irá bien, la realidad se acomodará a empujones, así actúa siempre, y nosotros nos adaptaremos a lo que nos toque, como acostumbramos. Seguro que amanecerán días luminosos esta nueva primavera que ya se acerca. Solo debemos esperar otro milagro.
