La restauradora de Arteayud Raquel Marco Martín ha detallado los retos del proceso de recuperación del retablo mayor de San Martín del Río y ha defendido una intervención basada en respetar la historia original de la pieza y su autenticidad

El retablo mayor de la Iglesia Parroquial de San Martín del Río, una de las obras más destacadas del patrimonio artístico turolense, ha recuperado su esplendor tras un complejo proceso de restauración. Raquel Marco Martín, restauradora de Arteayud y responsable del equipo de intervención, nos explica los retos, fases y criterios que han guiado este proyecto.


¿Qué supone, tanto para Arte Ayuda como para ti en particular, haber participado en un proyecto así?


Es una satisfacción, porque es una obra importante y cada obra tiene sus particularidades que tenemos que superar. No es como hacer trabajos manuales que son iguales todos los días; cada obra tiene unas características propias y plantea unos retos diferentes.


¿Cuál era el estado inicial del retablo?


Aparentemente no se veía muy mal. Es un retablo que, aunque había perdido el brillo del oro y este se había oscurecido un poco, no presentaba grandes alteraciones en la capa pictórica. Antes de montar el andamio tampoco parecía que tuviera grandes problemas.


Sin embargo, una vez colocado y pudiendo observarlo por delante y por detrás, comprobamos que estructuralmente había sufrido mucho. Se había desmontado y vuelto a montar como pudieron, por lo que presentaba problemas estructurales y desajustes: piezas cambiadas de sitio y elementos que no estaban correctamente colocados. Además, durante la limpieza descubrimos que, aunque exteriormente no parecía tan deteriorado, tenía muchos problemas, sobre todo en la parte superior, en el ático. Creemos que cuando se desmontó también se aprovechó para hacer una limpieza que, además de retirar el barniz, eliminó parte del oro, afectando mucho a esa zona.


¿Cómo ha sido el proceso de restauración? ¿Por qué fases ha pasado?


Antes de intervenir en el retablo hubo que solucionar problemas de humedad que afectaban a la obra. Los muros laterales tenían acumulación de sales por humedad, así que se actuó sobre ellos y sobre la mesa de montaje. Además, se intervino en la parte posterior y en el suelo, de tierra compactada, para comprobar si podía transmitir humedad. Finalmente se confirmó que existía cierta humedad, pero no era excesiva ni suponía un peligro.


Después se realizó una consolidación estructural: se revisaron los anclajes traseros, se reforzaron uniones, se estabilizaron zonas donde la madera estaba abombada y se revisaron las sujeciones al muro. También se sustituyeron algunos tirantes afectados por la carcoma o modificados en montajes anteriores.


Tras esa fase se realizó una limpieza superficial de todo el retablo y se protegieron las zonas donde la capa pictórica estaba más débil, como las carnaciones del ático o la policromía del Calvario. Después se hizo una limpieza química, el estucado de las zonas perdidas y la reintegración cromática.


Finalmente se aplicó una protección mediante barnizado, aunque no de forma generalizada, porque se buscó intervenir lo menos posible. Se protegió especialmente el ático, el banco, el sotabanco y las zonas reintegradas.


¿Qué os gustaría que la gente entendiera sobre vuestra profesión cuando contempla vuestro trabajo?


A la gente le cuesta entender que nuestro trabajo no consiste en dejar una obra como nueva. Nuestra labor es conservar, no añadir elementos. La restauración se basa en la mínima intervención. Si falta una parte de una obra, salvo que exista documentación, fotografías o una evidencia clara de cómo era originalmente, no se repone. No se añade algo solo porque pensemos que debería estar ahí.


A veces la gente interpreta que no sabemos hacerlo, pero no es una cuestión de capacidad. Lo que no podemos hacer es falsificar la historia de la obra. Una restauración no busca devolverla exactamente al momento en que fue creada, sino conservarla respetando su historia.

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