Rosa Machín

La infancia no es una etapa de la vida que queda en el pasado, es el lugar donde guardamos nuestra capacidad más pura de asombrarnos y crear.
Cuando somos niños, no necesitamos justificar lo que hacemos. No buscamos que un dibujo sea perfecto ni que un juego tenga una utilidad económica. Creamos simplemente porque estamos vivos, porque el barro entre las manos ya es arte y porque un alambre doblado puede convertirse en la joya más valiosa de nuestro propio universo.
Sin embargo, al crecer, el mundo adulto nos impone la dictadura de la productividad, el miedo al juicio ajeno y la búsqueda constante de la perfección. Poco a poco, vamos olvidando esa libertad. Enterramos los inventos que viven escondidos en nuestra cabeza, listos para nacer, bajo montañas de obligaciones y de voces que nos dicen qué es útil y qué no lo es.
Rescatar esa parte creativa que heredamos de nuestra niñez es un acto de rebeldía y de amor propio. Significa darnos permiso para jugar otra vez, para equivocarnos sin culpa y para permitirnos crear absolutamente lo que queramos.
No importa si el resultado final se expone en una galería o si solo vive en un rincón de nuestra habitación. Lo que verdaderamente importa es el proceso de volver a conectar con nuestra esencia.
Hoy es el día para rescatar esos ovillos y agujas de lana viejos que esperan en el fondo de tu armario. Es el momento de plasmar los dibujos de nuestra mente, de pintar con los colores de nuestras propias miradas y de moldear los trozos de barro que reclaman su derecho a ser arte.
Permítete crear sin reglas, sin expectativas y sin la mirada crítica del adulto que teme equivocarse. Tu creatividad de la infancia sigue ahí, intacta, esperando que abras la puerta para volver a jugar. Ábrela y juega.
