EDITORIAL

El fin del verano ya ha llegado al Jiloca y al Campo de Daroca acompañado de un fresco tan agradable como necesario. La calma va regresando poco a poco a cada uno de nuestros pueblos después de semanas de bullicio. Las peñas recogen todas sus pertenencias, mientras las plazas van perdiendo el jaleo constante y los vecinos regresan, de forma natural, a la disciplina que marca la vuelta al cole. Ya ha pasado un mes desde aquel histórico eclipse solar total que paralizó nuestros cielos y dio paso a un mes de agosto repleto de festividades: fiestas patronales, disfraces, verbenas, reencuentros, procesiones, etc. Sin embargo, la música de las orquestas se apaga y la actualidad del día a día exige su paso. La rutina reaparece cargada de incertidumbre y a punto de pisar el acelerador de la política donde tendrán que convencer a la ciudadanía de su voto en el próximo examen de evaluación al que la democracia someterá a nuestros representantes. A pesar del ruido electoral y del constante cruce de declaraciones, la vida real de nuestras comarcas sigue su curso gracias al esfuerzo de quienes vertebran la economía. Hay iniciativas que evolucionan contra viento y marea y que despuntan en el mapa por diversas razones, compo por ejemplo: la excelencia en la producción y exportación de huevos. Ser un referente agroalimentario en los mercados no es fruto del azar, sino del arduo trabajo y diario de empresas matrices como Granja San Miguel, entre otras firmas del territorio. Este tipo de proyectos son, precisamente, el motor indispensable que necesitamos para fijar población, generar empleo directo y garantizar un desarrollo sostenible en el medio rural. Por todo ello, el inicio de este nuevo curso exige mirar hacia el futuro. Es momento de dejar a un lado las zancadillas institucionales, las rencillas personales y las trincheras nacidas de los bandos políticos. Si de verdad queremos un futuro para el Jiloca y Daroca, la prioridad debe ser allanar el camino y poner facilidades reales a la contratación de nuevos jóvenes. Ellos son el verdadero antídoto contra la despoblación; su talento y energía son los únicos capaces de mantener la vida en nuestros pueblos una vez que el verano se apaga del todo.

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