POR PASCUAL SÁNCHEZ

Mucho hemos hablado y escrito sobre este genial músico darocense conocido en su tiempo en todo el país como “El Ciego de Daroca”, a quien venían a escuchar los Reyes y al que admiraban importantes músicos contemporáneos.
Sin duda, Pablo Bruna fue un hombre excepcional. A pesar de su temprana ceguera a la edad de cinco años, aprendió música junto a varios de sus hermanos y muy pronto demostró unas cualidades excepcionales y una gran inteligencia.


También fue un hombre muy meticuloso en todo lo que hacía, y una prueba de ello, seguramente la última, es la manera tan detallada con la que hizo su testamento que depositó ante el notario Domingo Hernández el 25 de junio de 1679, tan solo dos días antes de su muerte a los 68 años de edad.
Dejaba como ejecutores testamentarios al vicario de Santiago, Martín Estevan, a Diego San Martín, al doctor Carlos Mainar y a Antonio Rubio, y se presentaba como organista de la Colegiata domiciliado en Daroca, asegurando estar en buen juicio y firme memoria al redactar esta última voluntad.


Como hombre creyente que era, encomendaba su alma a Dios y dejaba dicho cómo y dónde serían sus exequias. Estando en obras su parroquia de Santiago por aquel tiempo, pidió que su cuerpo fuese depositado en la iglesia del Señor San Juan de la Cuesta de Daroca, en la capilla de los Cidraque y que lo vistiesen con el hábito de San Francisco. Dejó instrucciones para que su funeral fuese de Capítulo General, que lo tenía ya pagado, así como 600 sueldos jaqueses para que se rezasen 300 misas por su alma. Sus deudos pagarían además 10 sueldos por el entierro.
En lo puramente material, manifestaba principalmente que fuesen pagadas todas sus deudas y dejaba como principal heredera de sus bienes muebles e inmuebles a su hermana Orosia, monja dominica en el convento del Rosario de esta Ciudad, incluida la casa con corral en donde él vivía en la Calle Mayor, junto a la Puerta Baja, y además un huerto en Las Carrasquillas, camino de Calatayud, y unas piezas de tierra de lino y cáñamo en Jalagra. Todo ello en usufructo y que a su muerte fuese para su sobrina Josefa Jaraba y su marido Francisco Laredo con obligación de dejar vivir en ella a su otra sobrina María Jaraba.
Y algo muy importante, al ser Orosia música también, le deja un arpa, una claviarpa y todas sus partituras y papeles de música. A sus sobrinos Diego y Francisco Jaraba Bruna, también músicos, les deja, al primero su mejor monocordio que está guardado en su cuarto y al segundo otro monocordio y un clavicímbalo que se encuentran ambos instrumentos en casa de Francisco Blasco junto a sus vestidos de salir.
Dejaba además varias propiedades a su sobrina Josefa Jaraba y su marido Francisco Laredo y a la hija de ambos, Catalina. A su otra sobrina, María Jaraba, y su marido, el doctor Carlos Mainar, dejaba una viña en los Rebollares con un yermo contiguo.
A Josefa y Teresa Jaraba, igualmente sobrinas, les dejaba respectivamente una viña en Pago Ancho y ropa de vestir. Otras propiedades las dejaba a repartir en partes iguales entre el doctor Carlos Mainar, Francisco Laredo y Fernando Jaraba y a todos aquellos a quienes corresponda la legítima de su herencia les sean entregados 5 sueldos a cada uno por sus bienes inmuebles y otros tantos por sus propiedades de terrenos. Corroboran este testamento el infanzón Diego San Martín y Francisco Blasco, ciudadanos darocenses y ambos firman en nombre del otorgante por no saber este escribir.

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