El sueño de Finita

Mar 31, 2023

Vengo hoy a escribir en torno a Josefina V. Ribes Ruiz de quien dada su vitalidad me temo las seiscientas palabras que conforman la columna de cada mes no sean suficientes. Si llegas a Valencia en tren a la estación del norte como hizo el cronista, no por fiesta sino por trabajo días atrás un viernes de mascletá, antes de salir a mano izquierda los calamochinos tenemos una visita obligada a la sala de los mosaicos, es cuestión de un minuto, saludo de cortesita, otrora cantina. Allí se encuentra en inmortal cerámica la abuela de Finita la alicantina Josefina Momblanch Llopis, ideal de belleza de la mujer valenciana un siglo atrás y un orgullo para la villa, pues descansa en nuestro cementerio al morir allá por 1947 en casa de sus consuegros Antonio y Martina.


La fallera Josefina fue la madre de Demetrio Ribes quien, por cierto, llevaba el mismo nombre que su tío arquitecto de dicha estación. Demetrio casó en Calamocha con Trinidad Ruiz Muñoz tras llegar a la villa para trabajar en la construcción de la Estación Vega y de paso fundar, jugar y golear en el Deportivo Calamocha, estrella que fue del partido inaugural del campo de fútbol del rabal a los pies del Santo Cristo. Al acabar las obras de la estación hubo de marchar a la construcción de otras cuando ya era irremediablemente un calamochino más, y junto a su familia volvería los veranos.


Sin embargo, hoy venía a hablar de poesía, como hice días atrás con Silvia cuando me descubrió a su sobrina poeta Sandra Lario Prada y yo a cambio le hablé de Finita, de quien el pasado verano leí Diálogos Mediterráneos, coordinados por Mar Busquets- Mataix y Stella Manaut, (Lastura 2022), libro coral que me dedicó tras regalárselo a mi madre y en el que las socias de la Plataforma de Escritoras del Mediterráneo, entre las que ella se encuentra, dialogan con las autoras que les han precedido e inspirado. Ella lo hace con María Beneyto (1925-2011), poeta valenciana.


Tras su lectura compré en una librería de viejo una maravilla titulada El Sueño de Leonardo, escrito por Finita hace tan solo unos días, en concreto a principios de los noventa. Por cierto, me llegó el libro dedicado por la autora a su primera lectora: “Para M Dolores Donat, recordando nuestra infancia y sus bicicletas… por esta Valencia entonces toda nuestra”.


Como lo era también Calamocha donde pasaba los veranos. Mi madre recuerda una vez más la gesta cruzando la mina que llevaron a cabo con la valenciana que las gobernaba a todas a la cabeza. Mina entonces abierta y a la que se accedía desde un hoyo en medio de la calle Escuelas a la altura del callejón de los Condas e iba a dar a la mitad de la calle de la Mina. Acequia subterránea por donde llevaban el agua del Giloca desde tiempos inmemoriales a la Cerrada Sancho vergel entonces inaccesible de cualquier otra forma a los vulgares mortales en especial a la zagaleria lambrota, rodeado de muros y rejas. Hartarse de manzanetas prohibidas y volver a tientas a cruzar la acequia en sentido contrario al punto de partida temiendo que en cualquier momento soltasen el agua, “entrar en ella era algo a lo que ningún zagal se atrevía”.


Los ojos y los oídos del rabal a mediados del siglo pasado todo lo veían, todo lo oían. A la hora de salir de nuevo a la luz, todo el recorrido a ciegas, ahogas por el calor, palpando la pared, el suelo de zanago, las madres les estaban esperando. Sin fuerza para escalar el hoyo llena de miedo, mi abuela tiró de mi madre con tal fuerza que tal como me lo cuenta le duele todo. La paliza allí mismo fue buena, a todas caras, no hubo compasión, zurra de las que no se olvidan y se merecen. Todo el rabal se enteró. Pero presumir aun hoy en día de aquella gesta junto a Rosa hermana de Finita su prima Dolores la Miércolas y un crío de la Poza que les siguió hizo que mereciera la pena. Lo mismo que charrar y leer a nuestra joven poeta nacida en Alicante en 1937, profesora jubilada de lengua y literatura, que hoy deja pasar los veranos como agua entre las manos en Bañón.

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