El último trabajador de las Salinas de Ojos Negros, cuyo abuelo adquirió la propiedad en los años 50, rememora sus recuerdos de niñez en este emplazamiento que ejerce como fiel reflejo de la arquitectura vinculada con el agua

El último salinero de Ojos Negros fue Santos Paricio, quien vendió los últimos quintales en el año 1990, cuando tenía 28 años, tras heredar de su padre, y anteriormente de su abuelo, las Salinas.
-¿Durante qué etapa se ocupó de las Salinas de Ojos Negros?
-Mi abuelo compró las Salinas en la década de los 50, y después, mi padre las heredó. Él fue el que las explotó y yo continué hasta el año 1990. Yo fui el último salinero, oficio que compatibilizaba con otro trabajo, y ya no las exploté, digamos, al completo.
-¿Trabajaba en un sector relacionado?
-Trabajaba en las minas en Ojos Negros. Entonces lo compatibilizaba porque la sal ya no era tan rentable como podía ser en otras épocas. Cuando mi padre las tenía, en la época de recogida de la sal, le ayudaban tres o cuatro hombres del pueblo para hacerlo lo más rápido posible. En mi caso, casi salía igual buscar unas personas y pagarles un sueldo que lo que se podía sacar. Entonces, hacía yo lo que buenamente podía. Como detalle, te puedo decir que cuando yo se las vendí al ayuntamiento, todavía quedaba sal. Todavía hay sal de la que yo dejé. La venta también había bajado bastante, debido a que había mucha competencia de las salinas del mar, de otros sitios, además de menos ganado lanar, que era prácticamente el que la consumía, casi el 100%.
-La sal que vendía, ¿se destinaba a animales?
-Sí, sí, prácticamente. Antes, me acuerdo que el panadero del pueblo gastaba sal de allí. En mi casa, toda la vida, de allí, y en alguna casa más también, pero el consumo real y para lo que estaba destinada la sal era el ganado, para los pueblos de alrededor.
-¿Cuál era el proceso para conseguir la sal?
-Durante todo el año, a excepción, a lo mejor, de los meses más crudos de invierno, había una labor de mantenimiento. Algo que se hacía era sacar agua del pozo. Se sacaba casi todos los días, porque hay tres depósitos muy grandes, las balsas, para acumularla. Porque uno de los problemas que podían tener estas salinas era, primero, la salinidad del agua, que es baja, estaba entre el 4 y el 5%, y luego, además, el pozo se agotaba. Anteriormente, no lo sé, porque yo ya no conocí cuando se sacaba con una noria tradicional, con un animal dando vueltas, en mi caso era con motor y este en una hora agotaba el depósito del pozo. Al día siguiente, volvía a estar lleno otra vez. Entonces, por eso había que ir sacando durante mucho tiempo, porque sino, en la época de producir la sal, no tenías agua suficiente para llenar las balsas pequeñas.
-Se hacía frecuentemente, al menos una vez al día.
-Sí, una vez al día para acumular agua para el verano. Y luego, entre mayo y octubre, ya todo dependía de la climatología. Si llueve o no llueve, pero bueno, ya más o menos era una vez que se llenaban todas las balsas pequeñas que había, pues a esperar que se evaporara. Cuando ya se empezaba a evaporar se formaba como una nata, que decíamos el cuajo. Y eso todas las mañanas como mínimo, había que deshacerlo, o sea, era como una nata, para favorecer la evaporación. Y seguidamente, ya dependiendo del sol y del aire, cada 15 o 20 días ya era sal, estaba seco, se recogía esa sal, se llevaba a los almacenes destinados para ello, que había dos, y se volvía a llenar todo de agua y se repetía el ciclo. Así hasta que el tiempo lo permitía.
-Uno de los mayores temores eran las tormentas.
-Evidentemente, cuando llovía, el proceso se retrasaba, porque el agua de la lluvia que caía se tenía que volver a evaporar. Pero claro, si esto era una tormenta muy intensa como las que solían pasar a lo mejor en el verano alguna vez, yo recuerdo de estar la sal recogida, en los montones que se hacían las balsas de desecación, y tener que refugiarnos por una tormenta muy gorda, y salir y no quedar nada. O sea, todo el trabajo y todo el tiempo perdidos, tener que volver a empezar, dar con la gravante de que, además, se tiene que evaporar el agua dulce, o tirar la que había también. Pero claro, igualmente eso retrasaba mucho el proceso y era todo perdido.
-¿Cómo se vendía la sal?
-En general se vendía a los pueblos de alrededor, a los ganaderos, los que venían a las salinas a por la sal. Era medida, no era pesada. La medida era el robo, el robo venía a pesar 12 kilos y medio de robo. Y luego eran quintales, el quintal era de 50 kilos. Me acuerdo de gente de Torrelacárcel, Torremocha, Alba, Singra, Visiedo…
-Y ahora que este lugar se ha reconvertido en un espacio divulgativo y turístico, ¿qué opina sobre el trabajo de recuperación?
-Está muy bien. Se han recuperado cosas con gusto y bien, pero obviamente falta, no sé si algún día estará recuperado completamente. El principal problema que yo le veo es si no hay una labor de mantenimiento anual. Porque hay unas sendas muy bien marcadas, todo muy bien explicado, pero, hay que mantenerlo.
-¿Qué actuaciones considera necesarias?
-Entiendo que a todo no se puede negar, pero, lo que eran las balsas de producción, donde se producía la sal. Aunque sí que se ha limpiado alguna zona, tampoco se ve mucho. Eso sí que sería bueno poder recuperarlo para que se viera realmente cómo era el proceso, porque ahora es difícil de ver si no lo explican un poco.
-¿Qué recuerdos guarda?
-Cuando estaba allí con mis padres, porque también estaba lo que era la vivienda, no estaba hundido. Mi madre hacía la comida dentro de la casa y a veces tengo el recuerdo de ese olor característico de cuando guisaba en el hogar que había. Ese el recuerdo de niño, también de estar jugando cuando era muy pequeño allí con un perro. Al final de cuentas, era trabajo y habría que distinguir un poco lo que es la parte familiar, porque era un trabajo bastante duro, cuando más sol hacía, en los pies llevabas botas de agua, a 30 y 40 grados, y era todo manual, a base de esfuerzo.
