
BEATRIZ MARTÍN LARRED │ Concejala de Teruel Existe en Bueña y vicepresidenta primera de la DPT
Jamás pensé que iba a recordar tantas veces una cena en Valladolid de hace casi cuatro años. Tuve la ocasión —porque no lo llamaría placer— de compartir mesa con Óscar Puente, hoy ministro de Transportes y Movilidad Sostenible. Durante aquella velada, nos explicó su visión sobre la España vaciada. Según su criterio, nuestros territorios son como “enfermos terminales: no merece la pena mantenernos con vida porque no tenemos futuro”. Consideraba que lo mejor sería desconectarnos y dejar de malgastar dinero en nuestros servicios. Ese dinero, decía, estaría mejor invertido en ciudades “prósperas y con futuro” como Zaragoza o Valladolid, donde ejercía la alcaldía.
Desde entonces, y tras la preocupación que me provocó su nombramiento como ministro en 2023, no ha hecho más que confirmar que aplica su visión al pie de la letra. Ha paralizado todos los acuerdos previos con Teruel Existe. Adiós a la A-25 (“¿para qué una autovía? mejor tres carriles”). Adiós también a la A-40, cuya Declaración de Impacto Ambiental estaba ya en marcha, pero ahora duerme en un cajón. Ni un euro para el tramo de la A-68 por Teruel; y sin presupuesto, no hay obras. Ha permitido que Europa descatalogue la línea férrea Teruel-Sagunto como de alta capacidad y la deje en convencional. El nuevo Estudio Informativo del tramo Teruel-Sagunto del Corredor estaba previsto para junio de 2023 y todavía no se ha presentado, mientras que el del tramo Teruel-Zaragoza lleva tres años pendiente de la DIA en el MITECO. Y como colofón, reactiva la reforma de la ley del transporte mediante autobús —retirada en la anterior legislatura— que suprime mayor cantidad de paradas precisamente en los pueblos de las provincias más afectadas por la despoblación.
Todo esto nos lleva a preguntarnos si realmente somos enfermos terminales o si decisiones políticas como las suyas nos han llevado a esta situación, por acción o por omisión. Quizá llevamos décadas sin recibir la medicina necesaria para nuestra cura, y ahora pretenden convencernos de que no hay retorno posible. Porque durante años se han tomado decisiones pensando sólo en las grandes ciudades: se modificaron leyes como la de Haciendas Locales en los años 80 para que el reparto por habitante favoreciera a ciudades que incrementaron sobremanera su población, porque necesitaban servicios ante la industrialización de ciertas zonas que absorbieron población de los pueblos. Se apoyó con dinero público a empresas para que se instalaran en determinados polos urbanos y se abandonó al resto del territorio. Una vez consolidados los servicios en las urbes, se ha mantenido ese modelo de financiación durante décadas, en detrimento de las poblaciones de la España vaciada, que son quienes ahora precisan de ese respaldo institucional que no llega. Y cuando proponemos una nueva modificación de la financiación, que atienda a los más pequeños, los partidos con más peso votan en contra. Hoy más que nunca vemos como al bipartidismo ni le interesó ni le interesa un modelo de cohesión territorial que construya un país mallado, equilibrado, fuerte. Y ahora, lo fácil es declararnos irrecuperables. “Enfermos terminales”.
Pero, ¿qué hubiera pasado con los enfermos de sida o de cáncer si, hace décadas, no se hubiera investigado para curarles? ¿Quién decide quién merece vivir y quién no? ¿Quién se cree con derecho a rendirse por nosotros? ¿Por qué debemos asumir resignados que nuestro destino es no tener escuelas, ni transporte, ni una sanidad digna?
En los últimos tiempos está cambiando la mirada sobre la vida. Ya no se idealiza la gran ciudad como panacea. Se ha puesto en valor la calidad de vida de nuestros pueblos: la naturaleza, la ausencia de contaminación, los productos de proximidad, la vida en comunidad y sin estrés. Lo menos saludable es lo otro: prisas, contaminación, comida prefabricada, el individualismo que se nos quiere imponer, esa desconexión emocional… Porque los seres humanos tenemos una cualidad única: los sentimientos y, por ende, las relaciones personales. Eso que en nuestros pueblos siempre hemos cultivado: la ayuda mutua, el apoyo vecinal, la lucha por lo común.
Pensaron que apagarían cualquier atisbo de resistencia. Pero no. Seguiremos reclamando lo que nos corresponde: los servicios, las comunicaciones, la dignidad. Porque ser pocos no nos resta derechos. No somos más que nadie, pero menos tampoco.
Y si estamos enfermos, lo estamos por carencia de servicios, provocada por decisiones políticas. Pero seguimos con tantas ganas de vivir, de luchar, de alzar la voz, que se nos oirá donde haga falta. Que no le quepa duda, ¡ni al señor Puente ni A NADIE!
