Después de haber sufrido el verdadero frío de Calamocha, aquel
que se siente cuando queremos y no podemos disfrutar de la fiesta,
religiosa en este caso, llegó por fin un día precioso de un sol radiante.
Madrugamos dejando las maletas preparadas y la casa aviada,
marchando cara la iglesia. La próxima vez, salvo imprevistos de
la vida será por San Roque. En la esquina de las escuelas saludamos
al capitán a quien imagino la mujer ha mandado a por pan y
pasteles.
Al llegar a la sacristía, a los hermanos, tras años, en algunos casos
décadas, compruebo que nos empieza a sobrar todo, deseando
por una parte que acaben los actos y por otra tal vez vivir la Semana
Santa de un modo diferente, dicho en cristiano, menos procesiones,
más fiesta, menos penitencia, más pasión. El hermano del
clarinete sacará el estandarte y Cecilia hará de hermana mayor
del Nazareno. Patricia desde la Junta me pide que tome fotos para
el Diario de Teruel.
Los hermanos en corro comentan lo sucedido el día anterior,
cuando el primer bailador don Francisco cayó de sus pies allí mismo
en lugar sagrado y entre Santos a quienes tenemos por protectores
de todos los males, a resultas de lo cual salió mal parado
para un par de meses.
Ya en misa, al hacer buen tiempo fuera, que no dentro, otra vez
sin calefacción a causa del cierre del estrecho de Ormuz, no había
palomas y canto como es habitual el Coro de la Parroquia, con
mayúsculas. Y lo hizo como siempre maravillosamente, haciéndote
sentir en la gloria y regalándote el momento cumbre de la
semana; el cual vino a suceder cuando cantó a capela y en solitario
desde el altar mayor la calamochina
Marivi. Siendo Doña
Conchita, integrante del Coro y
habitual colaborada de la crónica,
quien me da los detalles. “Es una
oración, narración en este caso de
la resurrección, viene en el misal
leccionario después de la segunda
lectura, aleluya y antes del evangelio.
Siempre se había hecho leída y
hoy se ha cantado”.
Como me susurró años atrás
Chabier de Jaime, “a los calamochinos
nos cuesta aplaudirnos a
nosotros mismos”. Aquel momento,
al acabar de cantar Marivi, debió
haberse culminado con un aplauso
atronador por parte de los allí presentes,
solo el temor a que la iglesia se nos cayese encima nos lo
impidió.
Se salió en procesión, en su recorrido habitual: Castellana, Cantón,
Real, Peirón, Mayor, Monjas y plaza. Delante, la Cruz Procesional
la llevaba Añón, a continuación los estandartes, luego la
imagen del Resucitado y detrás el cura, hermanos mayores y las
pocas autoridades que acudieron: José María y Rubén. El alcalde,
más listo que nadie, en su día, lo mismo que me contara el ya retirado
bailador don José El Cerillas, supongo no se dejó atrapar por
ninguna cofradía, y se toma vacaciones.
De vuelta a las gradas dispuestas un par de mesas con bizcocho
y mistela. Sin embargo, para alcanzar su gloria tuvimos primero
que pasar al interior para que el cura nos permitiese marchar en
paz.
Y cuando uno no esperaba ya nada resultó verse agraciado con
otro de esos grandes momentos en medio de estos días de frío y
penitencia. No sé cómo describir aquel Bizcocho, nuevamente con
mayúsculas, sinceramente no tengo palabras, salvo que jamás
comí algo tan bueno.
Y en eso coincidimos los pocos que allí quedábamos. Valentín a
su vez apostaba por la megafonía para el clarinete y pedí al Pregonero
el discurso que me perdí, y juntos dábamos las gracias no
a Dios sino a la Junta que tan bien ha sabido cocinarlo todo. Como
bien dice el castellonero Mosen Alejandro, “si quieres que vaya
gente a misa, tienes que dar algo, aunque sea una rama de olivo”.
Mosen Paco, Esperant y Lambert deberían dar de comulgar con
bizcocho en lugar de repartir.
En medio del calor volvimos a casa, recoger los hábitos, comer
y marchar para Castellón. La
Semana Santa un año más
en lugar de resucitar agonizó
otro poco, achaques propios de
la edad y unos tiempos nunca
fáciles. Quien sí resucitó, con
el Patre de testigo allá en Sevilla,
fue el Maestro del toreo
Morante de la Puebla: “vuelvo
porque hago falta” dijo. Nosotros
también volveremos, sin
duda, todos hacemos falta.
Dicen las crónicas de dos décadas
atrás que antaño se vestían
900 calamochinos, hoy
dicen son 500 y contados uno
a uno el viernes santo de tres
años atrás fueron 342.

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