EL TULIPÁN NEGRO

Hay veces en las que cuesta creer lo que pasa a nuestro alrededor. Me refiero a la cantinela que parece haberse puesto de moda: que con Franco se vivía mejor. No me parece posible que se piense así. Además, creía que era cosa de jóvenes que solo buscan información —a menudo muy sesgada— en las redes sociales.


El caso es que hace unos días, como buen hombre de barra de bar que soy, tomando un café coincidí con un señor que, desde luego, pasaba de los 70 años. Conocido únicamente de coincidir en el café, me dijo que el reloj que llevaba en la muñeca, con Franco no me lo habrían robado. No es un Rolex; es un Viceroy y ya tiene unos años. Le respondí que ahora tampoco, eso esperaba, a lo que contestó que hoy no solo me robarían el reloj, sino que, si hiciera falta, me cortarían la mano para llevárselo. El asunto derivó en algo tan sencillo como comentar que yo no me sentía amenazado en ningún caso.


De ahí, la conversación pasó a una crítica política con la siguiente reflexión: «El presidente del Gobierno es malo, chulo y mentiroso». No pude menos que indicarle que con Franco no habría podido manifestarse en esos términos y mucho menos en público. Según este señor, con Franco no se pagaban impuestos, nadie se metía con los trabajadores, etcétera.
Nunca me había imaginado que el «runrún» de esta percepción estuviera tan extendido, y menos entre personas de bastante edad que tuvieron que soportar una dictadura.


Todo viene por los casos de corrupción que asolan a nuestra España —que también es la mía—. Sí, ya se sabe que son muchos y que afectan a un amplio espectro político: PP, PSOE, PNV, etcétera.


En todos los gremios existe gente mala, incumplidora, desleal y sin vergüenza, pero llegar a esos extremos me parece bastante exagerado, incierto y falto de verdad.


La conversación no fue a más porque mi tono no era beligerante; nunca lo es. Le indiqué que con los trabajadores no solo se metía, sino que también legislaba en su contra: bajos salarios, jornadas interminables y empezar a trabajar a los catorce años era la única salida para muchas familias pobres. La educación era básica y no llegaba a todos; el Bachillerato estaba reservado para unos pocos, generalmente los mejores y los más acomodados, con becas controladas por los colegios de la Iglesia católica. La universidad ni soñarla, porque era un privilegio para unos pocos. Y quien quería traer algo de dinero a casa ya sabía cuál era el camino: emigrar a Francia, Suiza o Alemania para ganar unas «perricas» con las que, al menos, podía soñar con prosperar.
Sí le pregunté por su situación familiar. No tiene hijos y vive solo, aunque goza de buena salud. Espero que no necesite cuidados en la vejez, pero, si los necesitara, podrá contar con una residencia digna, cuidadores, sesiones de fisioterapia y una atención adecuada. Todo eso, esos cuidados sanitarios y sociales, solo pueden sostenerse pagando impuestos, algo que con Franco no se entendía. Y, si la cosa se ponía realmente mal, podías acabar en un asilo o en un manicomio.


La dictadura no fue un mal menor; fue retraso, falta de derechos y libertades, escasez y la tiranía de unos sobre otros.
A modo de reflexión, le indiqué que la democracia puede resistir a los corruptos, a los corrompidos y a los corruptores, que, en buena medida, suelen pagar por sus fechorías.


La diferencia estriba en que un dictador quiere tanto a su país que se lo queda entero sin rendir cuentas; en democracia, en cambio, se suelen exigir responsabilidades.


Ahí quedó el asunto.

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