
El tema de la eutanasia es complicado de abordar, presenta demasiadas aristas. Vivimos en un Estado garantista y esta realidad parece que nos tranquiliza. En el pensamiento de todos rebota un caso particular, tan reciente como doloroso, el de una joven barcelonesa llamada Noelia. Solicitó la eutanasia y tras casi dos años de espera, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos se la concedió de forma definitiva. Por ser suficientemente conocidas y sobre todo por respeto, no insistiré en las circunstancias personales de Noelia, esas que marcaron su postrera decisión.
La vi por primera vez en televisión y enseguida me llamó la atención un semblante cargado de excesiva tristeza, la misma que la ha acompañado en todas sus apariciones. Ojalá hubiese sido capaz de traspasar la pantalla, abrazarla e insuflarle una gran dosis de afecto y de fe en sí misma. Asomaron la rabia y la impotencia ante mi incapacidad para sacarla de ese túnel ciego que es la depresión. Dentro solo existe la oscuridad y, cuando has entrado en él, ya no se encuentra el camino de vuelta. Sí, estoy convencida de que a lo largo de tantos meses recibió la ayuda psicológica necesaria, además del asesoramiento jurídico preciso, no lo dudo.
Pero una voz en mi interior se queja. ¿Se hizo, dejemos la voz impersonal, hicimos como sociedad lo posible para comprender a Noelia, apoyarla y devolverle la ilusión de vivir o la “abandonamos a su suerte” cobijada en las leyes, por supuesto? Recuerdo con pena las desoladoras palabras de su última intervención. ¿No fue esta, acaso, una llamada de atención? No, no supimos cómo socorrerla, cómo hacerle entender que aún queda tiempo para intentarlo, para cambiar tu destino, versos de la canción de Luz.
Una hermosa historia mitológica nos habla del sufrimiento humano. La diosa griega Eos, la Aurora, se enamoró de un mortal cuya belleza era arrolladora, el príncipe troyano Titono. Lo raptó, lo llevó al Olimpo y suplicó para él la inmortalidad y gozar juntos del amor eterno. Zeus se la concedió, pero Eos había olvidado pedir también su eterna juventud, de forma que el mortal Titono fue envejeciendo, perdiendo facultades y por ello imploró la muerte para dejar de sufrir. Cuentan que cada amanecer Eos, la de dedos rosáceos, derrama lágrimas de rocío… Ay! Otra estampa religiosa: el pasado 5 de abril, Domingo de Resurrección, España llenó de imágenes sacras las calles de pueblos y ciudades. Una figura, entre todas ellas, destacó impresionante y espléndida por las calles de Sevilla, la radiante Virgen de la Aurora, bañada por pétalos de rosa. Resucitemos
