Los meses estivales ya quedan atrás y el murmullo de las vacaciones se disipa, corriendo el riesgo de que nuestras comarcas se queden dormidas. Sin embargo, llenar de actividad el calendario fuera del periodo vacacional no solo es un reto, sino también una necesidad. La cultura y el deporte se convierten así en el motor imprescindible para mantener vivos nuestros municipios durante el resto del año. Esto es, precisamente, lo que nos sigue trayendo una quincena más nuestro periódico El Comarcal del Jiloca. Más allá del impacto puntual de cualquier cita deportiva o cita cultural, lo verdaderamente valioso es la vida que se genera en el territorio. Una dinámica sostenida en el tiempo gracias al esfuerzo coordinado y silencioso de voluntarios y vecinos comprometidos. Son personas que ponen todo su empeño —y, en muchas ocasiones, hasta su propio dinero— para que un torneo, una carrera o una jornada festiva salgan adelante. Se trata de iniciativas que rara vez abren los informativos autonómicos ni acaparan grandes portadas en los medios de comunicación nacionales, pero no por ello resultan menos decisivas para quienes habitamos en el medio rural. Por esta razón, el apoyo institucional y social hacia estas iniciativas debería ser, si cabe, todavía mayor. Paralelamente, vivimos días en los que nuestro rico patrimonio cultural e histórico está más expuesto que nunca. Tenemos la responsabilidad de presentarlo a los visitantes de manera impecable, ofreciendo una acogida excepcional para que se conviertan en embajadores de una experiencia inolvidable. Ejemplos como el de Singra demuestran que es posible romper la inercia habitual: localidades pequeñas capaces de movilizar a toda su población y situarse con orgullo en el mapa, al menos durante un fin de semana lleno de dinamismo el recuerdo a la fatídica Guerra Civil española. Debemos continuar apostando firmemente por lo nuestro, pero manteniendo siempre las puertas abiertas. Quien llega a nuestras tierras buscando una oportunidad puede encontrar un entorno dispuesto a integrarle. Ninguna de nuestras comarcas se puede permitir el lujo de desechar a un solo habitante; la repoblación exige empatía y arraigo. Si logramos acoger con generosidad a quienes deciden quedarse, la riqueza cultural se multiplica y perdura en el tiempo. La verdadera integración ocurre cuando las costumbres se comparten con naturalidad, hasta el punto de ver cantar y bailar jotas a quienes vinieron de fuera con el mismo sentimiento que la mítica Pomara en Cella. Preservar nuestra identidad implica, ante todo, sumar voluntades para que nuestros pueblos sigan latiendo con fuerza todo el año.

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