Fernando Herrero Loma y Chabier de Jaime Lorén

OPINIÓN

Han terminado las obras. También el fulgor de la inauguración. Transitan de nuevo los vehículos. Y parece que no ha pasado nada. La aséptica modernidad se ha llevado por delante a unos árboles centenarios irremplazables y a parte de las vivencias de los calamochinos. Estamos hablando de las acacias de la Fuente del Bosque.
Hemos perdido ya la cuenta de las ofensas y desastres al patrimonio natural y cultural que asedian nuestros pueblos. Quién esté al mando quizá es lo de menos. Lo que realmente duele e importa es la pérdida.
La pérdida de un paisaje y un entorno que ha perdurado hasta nuestros días. La merma y la derrota de siempre, del patrimonio común. La irreparable pérdida de lo que fue, que sólo existirá ya en fotos, cuadros y memorias.
Al igual que nos negamos a aceptar que, en pleno siglo XXI, no hay una manera mejor de salvar el planeta que “alicatar” cielo y tierra de nuestros pueblos con aerogeneradores y placas –puro negocio para unos pocos, principal razón-, no nos creemos que no pueda construirse un puente respetando mínimamente el entorno natural que lo rodea.
En el recuerdo, las tardes de verano pescando a orillas del Jiloca. Cuando el cielo se cubría con esas nubes oscuras, había que caminar ligero hacia el puente. Allí debajo, a cobijo, era el mejor sitio para seguir echando la caña. Resonaban nuestras voces entre el discurrir del agua y la bóveda de piedra, y esa arena como de playa entre las botas, que nos hacía soñar con un mar de aguas cristalinas que nunca vimos en el Jiloca.
Las acacias de la Fuente del Bosque no eran especies autóctonas. Ni siquiera eran acacias. Eran “falsas acacias” o Robinia pseudoacacia. Pero la comunión con el entorno las hizo únicas. Tampoco son autóctonos muchos de los grandes árboles monumentales que crecen en los famosos e históricos jardines de Patrimonio Nacional. Pero a nadie se le ocurriría mutilarlos. Y mucho menos cortarlos.
Duele en el alma ver tantos paisajes mancillados y tanta destrucción alrededor. Tanta pérdida por tan poco. Duele vernos como simples rentistas e inquilinos de la tierra y del tiempo, que se encogen de hombros cuando nos dicen que no, que no hay otra opción. Duele el silencio. Duele la indiferencia y la resignación. Duele vernos convertidos en guardianes de la nada.
El “Puente Ratero” y las acacias de la Fuente del Bosque no eran Patrimonio Nacional. Pero era un rincón único, parte de nosotros, de Calamocha.
El verdadero dolor es la pérdida de todo aquello que, por mucho que insistan, es irremplazable y no compensa con absolutamente nada.

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