ANTONIO ABAD
Concejal T. Existe Ayto. Calamocha
Han pasado más de cuatrocientos años desde que Miguel de Cervantes creó al famoso hidalgo manchego Don Quijote, quien enloquecido de tanto leer novelas de caballeros, se puso a recorrer mundo y que en su defensa de la justicia luchó contra molinos convertidos en gigantes. No podía quedarse quieto contemplando la injusticia.
Frente a todos los que permanecían impasibles y que lo llamaban loco nos enseñó que la verdadera locura es ver la maquinaria del poder triturando gente, paisajes y territorios y llegar a la conclusión de que no hay nada que hacer. Es precisamente esa parte irracional la que nos hace humanos, la que nos hace avanzar hacia objetivos imposibles. Te lanzas hacia el molino y lo embistes. Porque la alternativa es bajar los brazos y dejarse fundir por el autómata que nos quiere destruir.
Parecía que cubrir el Maestrazgo turolense de molinos era una fatalidad, un mortal e inevitable golpe del destino que ejemplificaba como ningún otro la tragedia de los comunes: el aire o los bosques son bienes comunes pero algunos podrían tener tentaciones de contaminarlos o talarlos, dispersando un coste difuso y privatizando hasta el extremo el beneficio esperado. Ahora resulta que todo el mundo veía claro que aquello era una barbaridad. Pero han sido pocos los que han dado pasos en la dirección correcta.
Algunos de los convertidos en neo-defensores del Maestrazgo, incluso, podrían calificarse de colaboradores necesarios. Otros, espectadores que comían palomitas mientras la maquinaría trituraba todo a su alrededor. Hay quienes se parapetaron tras los parabienes recibidos por el Clúster Maestrazgo en unos procesos a todas luces deficientes. Dar pátina de legalidad a actos irregulares parece haber sido una forma de funcionar habitual a muchos niveles. Presuntamente.
Una amiga me decía: “poco os han arreado esta campaña electoral para la que les habéis liado”. Los amigos de Forestalia presentaron denuncias, nos acusaron de todo aquello que ellos mismos practicaban, con el objetivo claro de desacreditarnos, de amedrentarnos. Y es triste pensar que no pararán: desviarán la atención, convertirán la anécdota en categoría, volverán no tardando mucho a la mentira y a la difamación. Y nosotros, que estamos de paso, aguantaremos y seguiremos adelante.
Porque aquí los protagonistas no están en despachos de calles de nombre pomposo en Madrid ni en oficinas céntricas de Zaragoza. Aquí los protagonistas son personas de a pie. Son quijotes que sacrifican horas de ocio o de sueño, tiempo o dinero; que se han dejado las pestañas leyendo proyectos y estudios de impacto ambiental infumables. También los trabajadores públicos que han llevado a cabo investigaciones exhaustivas y que nos recuerdan la importancia del equilibrio y la separación de poderes.
Son la mejor encarnación de aquello que escribió Eduardo Galeano de que “mucha gente pequeña, en lugares pequeños, puede cambiar el mundo”. Todo ello para proteger frente a gigantes muy reales unos espacios que debieron ser declarados parque natural hace demasiado tiempo, con administraciones bien financiadas que ofrezcan servicios suficientes y a sus habitantes caminos reales al desarrollo.
El futuro que queremos son pueblos vivos. Desde el Jiloca podemos asomarnos a la ventana del final del campo de Daroca, hacia Herrera de los Navarros, donde los molinos campan a sus anchas en un horizonte de paisajes metalizados, “sierras que son un desgüace, postes, cables y cacharros”* No hay generación de empleo, ni luz gratis, ni desarrollo que haya hecho recuperar la esperanza a estas poblaciones, porque esta imposición invasiva de megaproyectos no va de energía ni de futuro, sino que se ha descubierto como una burbuja más. Poderoso caballero es don dinero.
Y sin más que añadir, sirva este breve escrito para reconocer la labor de esos Quijotes, amantes de los paisajes y los pueblos de Teruel. Seguimos existiendo.
*Canción ‘Paisajes metalizados’, Astí Queda Ixo
