Clemente Peribáñez

OPINIÓN

Que Christopher Nolan haya decidido volver a narrar la Odisea no es una casualidad. Los grandes mitos regresan cuando una época necesita mirarse en ellos. Cada generación tiene sus propias sirenas, sus propios cíclopes y sus propios naufragios. También la nuestra. Solo que el mar ya no es el Mediterráneo, sino el océano de asfalto de las grandes ciudades; las sirenas ya no cantan desde los acantilados, sino desde la promesa de un éxito sin raíces; y el monstruo más temible ya no habita una cueva. Se llama desarraigo.


Durante décadas, miles de españoles emprendieron su particular odisea hacia las ciudades convencidos de que allí les aguardaba el futuro. Las urbes ofrecían trabajo, velocidad, oportunidades y la ilusión de una vida donde todo parecía posible. Sin embargo, aquella inmortalidad prometida escondía otra forma de naufragio. Entre avenidas interminables y edificios anónimos, muchos descubrieron que se puede vivir rodeado de gente y sentirse profundamente solo. La deshumanización no siempre llega con estruendo; a menudo se instala silenciosamente, convirtiendo el tiempo en mercancía, las relaciones en tránsito y la memoria en un estorbo.


Fue entonces cuando algunos decidieron regresar.
No era una huida ni una derrota. Era el nóstos, ese regreso al hogar del que hablaba Homero. No volvían para recuperar un pasado idealizado, sino para recuperar una parte de sí mismos. Comprendieron que el origen no es un lugar al que se vuelve por nostalgia, sino una identidad que se defiende para no desaparecer.
Pero al regresar encontraron a Penélope.
No era una mujer aguardando junto al telar.
Era un territorio entero.


Tenía el rostro sereno de la comarca del Jiloca, en la provincia de Teruel; el horizonte abierto de sus campos, el viento que recorre sus parameras y la dignidad silenciosa de unos pueblos que aprendieron a medir el tiempo por las casas cerradas y las escuelas vacías. Pero también tenía el rostro de tantas otras comarcas de la España interior. El Jiloca no era una excepción: era el espejo donde podían mirarse todas las Penélopes de la España vaciada.


Mientras ellos estaban lejos, Penélope había seguido tejiendo con la paciencia de quienes resisten sin hacer ruido. Cada escuela que cerraba rompía un hilo. Cada consultorio que reducía su horario deshacía otro. Cada estación abandonada, cada pequeño comercio que bajaba la persiana, cada joven obligado a marcharse por falta de oportunidades iba destejiendo lentamente el tapiz de un país que parecía resignarse a olvidar una parte de sí mismo.
Y, como en la Ítaca de Homero, también había pretendientes.
No pretendían el amor de Penélope, sino su relato.


Entraban y salían del palacio con discursos solemnes y promesas renovadas. Hablaban de equilibrio territorial, de cohesión, de desarrollo rural y de lucha contra la despoblación mientras seguían tratando aquellos territorios como una nota al pie de los presupuestos. Se disputaban el telar sin comprender nunca el valor de los hilos. Administraban el territorio, pero pocas veces lo habitaban. Lo nombraban, pero rara vez lo escuchaban.


Los nuevos Ulises comprendieron entonces que el enemigo no era únicamente el abandono. Era el olvido.
Porque un pueblo no desaparece cuando pierde habitantes. Desaparece cuando deja de formar parte de la memoria colectiva. Cuando nadie cuenta su historia. Cuando se acepta como inevitable que un niño tenga que recorrer decenas de kilómetros para ir a la escuela, que un anciano viva sin servicios esenciales o que marcharse sea la única manera de prosperar.


Por eso el regreso adquiría un significado distinto. No era volver para reconstruir ruinas, sino para impedir que el origen dejara de existir. Era una forma de resistencia frente a una modernidad que confunde progreso con concentración y crecimiento con olvido. Volver significaba recuperar el valor de la comunidad, del paisaje, del tiempo compartido y de una manera de vivir donde las personas vuelven a tener nombre antes que número.


Blas de Otero soñó una España capaz de sostener la esperanza incluso en los momentos más difíciles. Esa esperanza sigue hoy cosiéndose en los pueblos pequeños, donde cada familia que permanece y cada persona que regresa añade un hilo nuevo al viejo telar de Penélope. Porque todavía queda la palabra para nombrar aquello que otros consideran invisible y porque aún es posible imaginar esa España, camisa blanca de nuestra esperanza, que no deja a nadie fuera de su mapa ni de su memoria.
Quizá esa sea la verdadera lectura contemporánea de la Odisea. El héroe ya no conquista ciudades ni derrota monstruos legendarios. El héroe vuelve. Vuelve para recordar que ningún viaje merece la pena si, al regresar, Ítaca ha desaparecido. Y comprende que Penélope no era solo quien esperaba su regreso: era la tierra misma, paciente y silenciosa, aguardando que sus hijos entendieran que el mayor acto de valentía no consiste en marcharse, sino en regresar a tiempo para que el olvido no tenga la última palabra.

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