
Aseguraba un famoso actor español ante preguntas sobre su actual situación profesional. Ojalá se diese en el mundo real, como en los cuentos, ese concepto literario llamado justicia poética. El tiempo se va, en un chasquido, para ser reemplazado por otro nuevo y en esa rueda todos giramos ciegos sin dirección y sin detenernos.
En nuestra sociedad son numerosos los ejemplos de vidas rimadas envidiables o, al menos, así nos lo parecen. Podemos encontrarlas con su rima consonante: vocales y consonantes se ajustan a la perfección al final del poema. Este discurre limpio, compacto y en formación militar. Como si obedeciesen a un plan divino, los dados caen de cara sin mayor empuje que el azar. Vidas maquilladas en exceso. También están las que riman en asonancia, algo más sencillas: un verso no busca emular a otro, no anhela su belleza, no, prefiere reservarse ciertas diferencias. La existencia de casi todos nosotros, quise decir la rima, tiene mucho de hermosa imperfección: solo se repiten las vocales.
Hay otros tipos de vidas sin rima, sin cuadratura alguna. En estos casos, tan abundantes en nuestra literatura como los dos anteriores, a los versos no les gusta seguir la tradición y la medida, sobre todo se interesan por la expresividad y el ritmo. Si observamos con atención, advertiremos un mundo rebosante de versos libres.
Rematamos con la rima más atractiva para gran parte de los poetas, la del verso suelto. Qué complicado ser diferente entre esas otras vidas, algunas tan espléndidas como las consonánticas. El torrente lo arrastra con tal fuerza que, aunque se resista, lo lleva por donde fluye el poema, pero el verso suelto finalmente asoma su cabecita orgulloso entre las frías aguas, da la vuelta y reanuda a contracorriente su camino. No se traiciona.
Mientras tanto, la vida continúa en su diaria repetición y yo contemplo otra parda tarde otoñal desde mi particular balcón de las musas.
