Discurso Acto de proclamación 2022 – Calamocha

Muy buenas noches a todos, gracias por venir. Comienza hoy la Crónica de la Villa de Calamocha.

Verano

Mi querida Calamocha esta noche de verano querría escribirte la más bella carta de amor que jamás te hayan escrito, juntar letras, crear palabras y finalmente unirlas en el orden correcto. Parece sencillo, ¿verdad?, sin embargo, no lo es.

Carta que, al leerla aun con el paso del tiempo, lo mismo hoy que en el devenir de los años, todos, pudiéramos sentirnos en ella reconocidos.

Y dejar así escrita en estos tiempos, inicio de la crónica, la más bella epístola de amor que entre todos podamos escribir a esta tierra que a unos nos vio nacer y a otros llegar.

También para esos pocos, en realidad muchos, otra Calamocha, a quienes antes que yo quienes le escribieron llamaron de la diáspora. Calamochinos agosteros que un día nos jopamos para vivir el resto de nuestra existencia envueltos en el anhelo del casi imposible regreso.

Nosotros los calamochinos que en cualquier lado nos encontramos como en casa, y que si salimos como decía aquel de la casa grande cien años atrás no es por ver mundo, si no por volver a Calamocha y contarlo una vez hemos comprobado que por mucho que viajemos siempre nos parece estar aquí mismo. En este maravilloso marco desde donde se ven las más bellas puestas de sol.

Todos Bienvenidos

Desde el último en llegar a ese primer calamochino hijo del frio y las tormentas, amamantado por un generoso Jiloca y puesto en pie sobre la tierra que pisamos, roya y cenicienta, fértil, la mejor del mundo, que tal vez mereciera un clima más amable, aunque con ello se nos fuese parte de nuestra misma esencia, ¡bien se podría perdonar! Tierra que a lo largo de los siglos nos trajo hasta aquí, nos cuidó y amamos, y con la cual estaremos en deuda eterna.

Otoño

En el lugar de Calamocha y en el calor de una noche de julio cómo está, eternos y efímeros días que surcamos anunciadores del fresco agostero de San Roque, el verdadero frio.

¡Hoy! días, meses, años después, por fin, volvemos a vernos sonreír.

Aunque sea tan solo una sonrisa a medias.

Al amparo de este maravilloso pórtico, iglesia, testigo de unos días y de una villa que va dejando lugar a otra.

A tan solo 65 pasos de la casa de todos, nuestro ayuntamiento, a cuyos pasajeros integrantes agradezco de corazón, ¿de qué otra forma si no podría hacerlo?

Gracias, gracias, gracias, (que nunca, y como ejemplo la noche de hoy, tras lo vivido, nos cansemos de dar las gracias y ayudarnos)

Gracias al hecho de haberme traído hasta aquí, nombrado cronista, y escrito a un tiempo mi epitafio. Después de tanto como vengo escribiendo a lo largo de los años en torno a nuestra querida villa con sus gentes sencillas como protagonista. Mi familia, la calle las Escuelas, la vida entre maestros y civiles, mis seres queridos, vecinos, amigos, calamochinos todos entre el Rabal y el Peirón. La vega y el secano. Calamocha y yo.

En estas gradas, anfiteatro improvisado ya consolidado, donde el actor protagonista es el espectador, el pueblo. Puerto de una Cala Mocha sin mar. Lugar mágico donde año tras año nos reunimos ilusionados ante los días venideros plenos de alegría.

Asimismo, efímero puerto principio y fin de muchos de nosotros, a quienes en un primer día al cabo de haber nacido nos suben en volandas, (hoy vuelve a ser ese día) y un día cuando todo en apariencia termina nos bajan en andas.

Y lugar donde cada año nos parece que siempre estamos los mismos, y en número bien pueda ser, pero no nos engañemos nunca es así, siempre se echa en falta a uno u otro cuando te sientas y te giras y ves llegar a uno si y a otro no.

Cada año, con anterioridad a este día, como parte de ella somos devueltos a la vida tras el silencio de la Semana Santa amparados bajo el sol de una mañana de mayo, la calorina de julio y el fresco de allá por San Roque. Frio naciente que nos empeñamos cada septiembre en vencer y pretendemos año tras año ahogarlo en vano entre las llamas del Santo Cristo.

Una quimera tras otra nuestra vida en una tierra que, aunque la amamos tanto como nos ama: No nos pertenece.

Arropados y hasta ahogados por las tardadas de octubre anuncio de un invierno, de tardes eternas y noches de un cielo raso y precioso con las estrellas amenazantes a nuestro alcance, que nos recuerdan donde estamos, que hemos de abrigarnos, encender la gloria, tirar para adelante, la cañadilla tendrá que esperar, puertas cerradas, para nevadas las de antes, hielo a destiempo, oscuridad.

El frio egoísta y solitario se adueña de una Calamocha a la que obliga a morir cada año un poquito más, también el paso del tiempo sin más lo hace, mientras al comienzo de cada año fijamos la vista en la esperanza de alcanzar esa mañana de mayo, que le devuelva a la vida, que nos ponga en pie.

Que pase algo, una ilusión, algo. Siempre, en apariencia, la vida en un pueblo es una vida a la espera.

Invierno

Hay instantes que valen por toda una eternidad y la tarde noche de hoy será uno de esos momentos, como tal lo contare, lo dejare escrito como el día en que por fin después de dos años volvimos a vernos las caras, saludarnos, abrazarnos y darnos en medio de todos los temores todos los besos del mundo, el día en quisimos detener el tiempo y retomar la normalidad.

Pero también el día en que nos dimos cuenta de que muchas de esas caras ya no están aquí, nos dejaron, sin poder imaginar ni ellos ni nosotros nada de lo que hemos vivido desde el ultimo seisado al de hoy.

Mientras en otras caras vemos reflejado en nosotros mismos el paso del tiempo al quitarnos por fin, el lastre de una mascarilla salvadora.

Días, meses años que en vano decimos nos robaron, pero ¿quién pudo cometer tal osadía? sabemos que no fue así, pues nosotros vivimos para contar: Lo que otros dejaron de ver, a ellos si, la fatalidad vital, el destino les robo estos días, meses, años a los que cual dioses venimos hoy a poner fin en su recuerdo.

Dejar escrita una vida sencilla, una Calamocha amable, que mira cada día al acostarse al cielo: si helara, si lloverá, si podrá salir la procesión, si se podrá o no sembrar, cosechar. Si viene o no una u otra empresa, si aquella cierra, si tras estudiar tú también te joparas, o estudiaras aquí ahora que puedes, si se cierra una casa, si la venderán o se hundirá, si vendrán familias, si parara un último tren o pasara de largo, si haremos un esfuerzo tras otro aun siendo incierto el resultado o nos quedaremos resignados a esperar esa pedregada seguida de esa riada que cada tanto nos cae encima y el último que lo cuente, cierre y se marche a otro lugar.

Si creemos que Calamocha será eterna, que nunca desaparecerá, estamos equivocados. Lo mismo podríamos pensar que somos inmortales, valiente tontería, basta con mirar a nuestro alrededor y sentir el dolor de los pueblos que nos rodean, viviendo una amenaza tras otra.

Mirar al futuro, con el respeto de ver que ahí está tu destino y el de los que vendrán detrás arreando, el de todos, un cambio constante, que sean conscientes de que hicimos todo lo posible por levantarnos al alba y dejarles el mejor Calamocha que pudimos soñar, y fue cosa de todos, de quienes empujaron y quienes a veces también pusieron piedras en el camino por que el progreso de otro modo no llega, y nunca lo hace de un modo sencillo. Todo cuesta si de verdad queremos una Calamocha grande.

Calamocha desde hoy tendrá su crónica y en ella los calamochinos venideros encontraran un punto de partida, respuestas a casi tantas preguntas como se hagan, como hoy nos las hacemos nosotros al mirar atrás.

Que cuando se pregunten como nos fue, culpándonos o dándonos las gracias de su situación, busquen en la crónica y encuentren un atisbo de repuesta, y sepan que llegaron hasta ahí de alguna forma gracias al mérito, en ello quiero pensar, de quienes hoy estamos aquí.

Ahora toca ser cronista. Escuchar a Calamocha, sentir y escribir. Y buscar un sucesor, que tras del primer cronista llegue el segundo y uno tras otro hasta los últimos días de la villa, esos que precisamente queremos evitar con nuestro día a día, si es que estos llegasen, que ni dios quiera, ni el cronista lo cuente.

Hay que seguir trabajando. ¡Ojalá todos los días fuesen San Roque!, pero no, son los menos, el resto toca triar para adelante, intentarlo.

Primavera

He de terminar, perdona mi Calamocha querida si quise escribirte y no supe, también quisiera darte el mar y no puedo. Otros antes de mí lo hicieron y otros tras de mi lo harán, todos te quisimos, nos diste la vida, la razón de ser y quisimos pagarte como mejor supimos, agradeciéndotelo a diario.

Quizás debiera tan solo haberte escrito unos versos o mejor echado un dicho, por qué bien lo sabes somos de una tierra. ¿Qué te voy a contar? de pocas palabras, pero sentidas, de saludo y el consabido ya charraremos otro día y ese día nunca llega y se nos va el tiempo de entre las manos sin pararnos entre el Rabal y el Peirón y decirnos cuánto nos queremos, o si necesitas que te eche una mano, o lo felices que fuimos y lo aún más felices que deseamos ser, ese dicho, esas palabras a juntar en el orden correcto, si tuviera la voz y la elegancia de un baturro torrijano en noche de ronda bien te lo echaría mi Calamocha querida:

Noche de verano a la fresca, olvido. Fuente del bosque, un imposible. Cirujeda, agua del pasado. Jiloca donde dicen hubo un día cangrejos, rio literario. Tarde de agosto, peñas, inmortalidad. Huertos hoy yermos. Puente romano, lugar de paso. Terrazas llenas, caminos abandonados. Algún corro de paso en la calle real, vacío rabal. Huerta grande, sala de espera al cielo.

Tormentas, pedrisco, muchísimo calor. Frío el que toca y cuando toca, que no es menester más. Todo pardina. Dehesa del pueblo. Santa Bárbara, pies descalzos. Puente la vía. Ratero. San Roque y carretera Navarrete.

Despedida

¡Mi buen San Roque! bien sabes que los calamochinos somos dados a toda clase de gestas, pero habrás de perdónanos por no haber saltado la reja por muy alta que sea y echado la puerta abajo por más grande que sea, en el amanecer del 16 de agosto del ya lejano 2020 y sacado tu imagen en volandas a las calles de tu villa, en plena pandemia, haciendo oídos sordos a todos protocolos y autoridades, ¡teniendo tu capa que nos podía pasar!

Fuimos unos gabaches, unos desagradecidos, te pido perdón.

¡Cuánto me habría gustado, dejar escrito un hecho así!

Sin embargo, aun puedo y quiero dejar escrita una gesta mayor:

Calamochinos todos

Que entre nosotros nunca haya despedidas, ni siquiera un adiós, que baste un hasta luego y que al año que viene este cronista pueda contar la gesta de que todos cuantos hoy estamos aquí nos volvimos a ver.

GRACIAS

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