El próximo 8 de febrero, Aragón se juega mucho más que un cambio de nombres en el Pignatelli;
se juega su equilibrio territorial. En esta cita electoral, la provincia de Teruel vuelve a situarse en el
epicentro del tablero político, y no precisamente por el interés de quienes hoy nos visitan, sino por
una cuestión de aritmética pura: aquí, debido al sistema de reparto, un voto puede llegar a valer casi
el doble que en Zaragoza o Huesca. Somos la codiciada “llave del gobierno”, y eso ha provocado un
desfile de rostros conocidos que, de repente, parecen haber descubierto la ubicación de nuestros pueblos
en el mapa. El “turismo electoral” frente a la realidad diaria. Es curioso observar cómo, durante
estas semanas, las carreteras turolenses se llenan de coches oficiales y candidatos que no escatiman en
apretones de manos y promesas de futuro. Sin embargo, la pregunta que recorre cada plaza y cada bar
es inevitable: ¿dónde estaban todos estos partidos durante los últimos años? Es fácil venir a hacerse la
foto en campaña, pero es mucho más difícil gestionar el día a día de una provincia que lucha contra la
despoblación, el cierre de servicios básicos y una brecha digital que parece no tener fin. El ciudadano
de Teruel no pide privilegios; simplemente exige hechos y no palabras. La política debe servir para
hacernos la vida más fácil, no para llenar titulares vacíos cada cuatro años. No podemos aceptar que,
en pleno siglo XXI, vivir en una localidad pequeña signifique tener menos derechos o peores servicios
que en las ciudades. La igualdad no es un eslogan, es un mandato constitucional que, a día de hoy, sigue
siendo una asignatura pendiente en nuestro territorio. Un voto de responsabilidad y futuro. Esta
vez, el poder está en nuestras manos de una forma casi matemática. Tenemos la capacidad de decidir
hacia dónde queremos que camine nuestra comunidad autónoma en los próximos años. Pero ese poder
conlleva una responsabilidad: la de no dejarse seducir por proyectos inasumibles o por promesas de última
hora que se olvidarán en cuanto se cierren las urnas. Exijamos compromisos firmes, presupuestos
reales y una visión de Aragón que no termine en los límites de Zaragoza. El 8 de febrero, recordemos
que nuestro voto tiene la fuerza necesaria para cambiar las reglas del juego. No se trata solo de elegir a
alguien; se trata de elegir que los pueblos pequeños , por fin, sean tratados con el respeto y la dignidad
que merece. Pensemos el valor de nuestro voto este 8 de febrero antes de introducirlo, ¿o no?
