
En política, las listas electorales no son un mero trámite administrativo. Son, o deberían ser, una declaración de intenciones. Reflejan qué territorios importan, a quién se escucha y a quién se relega a un segundo plano. Por eso, a las puertas de las elecciones a las Cortes de Aragón del próximo 8 de febrero, conviene detenerse y analizar con calma qué papel se le está dando a comarcas como la nuestra, el Jiloca, en las candidaturas por la provincia de Teruel.
La realidad es clara. En los grandes partidos, tanto el Partido Popular como el Partido Socialista, el peso del Jiloca en sus listas es claramente testimonial. Se ocupan puestos que, seamos honestos, tienen muy pocas opciones reales de obtener representación parlamentaria.
A esta falta de compromiso se suma otra evidencia difícil de ignorar: ni Vox, ni CHA, ni Podemos, ni las distintas formaciones de la izquierda tienen hoy una presencia real en el Jiloca. No están en nuestros pueblos, no participan de nuestra vida comarcal y, lo que es más preocupante, no parece que se les espere ni que cuenten con nosotros a la hora de tomar decisiones. El Jiloca vuelve a quedar fuera del radar de quienes solo se acuerdan del territorio en campaña electoral.
Pero la cuestión no es solo el número que se ocupa en una lista. También importa el grado de vinculación real con el territorio. Resulta llamativo que, en el caso de Aragón–Teruel Existe, el primer nombre asociado al Jiloca lo sea a tiempo parcial, compartiendo su vida personal con la Comunidad Valenciana. Sin poner en duda sus capacidades personales, es legítimo preguntarse si alguien que no vive de manera permanente nuestros problemas puede defender con la misma intensidad las necesidades de nuestros pueblos.
Todo ello contrasta con una realidad evidente: el Partido Aragonés ha vuelto a demostrar que cree de verdad en nuestra comarca. La apuesta por Cristina Navarro como número dos en la lista a las Cortes de Aragón por Teruel es un ejemplo claro de compromiso con el Jiloca. Una persona que conoce nuestros pueblos, nuestras gentes y sus necesidades porque las vive cada día. Una mujer joven, preparada, con ideas frescas y con una visión moderna de la política, algo especialmente necesario en estos tiempos marcados por el ruido, la confrontación y el fango.
No se trata de enfrentar comarcas ni de reclamar privilegios. El Jiloca no pide más que nadie, pero tampoco acepta ser menos. Porque sin representación real no hay voz, y sin voz no hay futuro para nuestros pueblos.
