
Gabriel Samaniego, periodista de CalamochaTV y El Comarcal del Jiloca
Paso por la calle mientras veo la humedad del asfalto, escucho el sonido intermitente de los semáforos y el bocinazo impaciente del tráfico matutino. El claqueteo de los zapatos que llegan tarde a la oficina por Gran Vía se regodea en mí mientras me dirijo al trabajo.
Tras pasarme por la máquina del café, me siento en mi silla habitual y me pongo a investigar qué temas han mandado las agencias para publicar artículos en el periódico. Así es la labor del ‘cuarto poder’ en la nueva era digital. Una era que nos hace a los propios periodistas apostar por lo que envían los teletipos de las agencias o el artículo que ha escrito la competencia.
Mientras trabajo anuncian la muerte del escritor Fernando Aramburu mediante un teletipo y varios medios publican la ‘trágica muerte’. Minutos después la noticia queda anulada: era errónea. Una cuenta falsa informaba del fallecimiento.
Un año después de la ‘trágica (falsa) noticia’, cambio la máquina de café y los ojos pegados a los móviles del metro por el olor a heno y estiércol que atrae el viento de las granjas. Me encontraba ahora en un pequeño pueblo de Aragón trabajando de periodista.
Nunca he tenido interés en vivir en un pueblo, el ruidismo de la ciudad me atrae demasiado. La primera vez que se me presentó esta oportunidad la rechacé, ¿trabajar en un pueblo, para qué?, si yo quería vivir en la capital donde todos los días pasaba algo. Aun así, el siguiente verano la acepté, alguna motivación que entró en mí fue quizás saber que la labor de un reportero también se basa en vivir todas las experiencias posibles y escuchar las vivencias de todas aquellas personas que luego leen el periódico en sus casas.
Después de todo, elegí ser periodista porque me gusta escuchar a la gente.
En el ayuntamiento encontré la redacción de la tele local (barra) productora audiovisual: una oficina sencilla y un plató modesto. Sergio, el jefe de todo este entramado societario, me advirtió: “El verano es la temporada fuerte”. Y es que las fiestas patronales son, como quien dice, lo que da vida a los pueblos: estudiantes y trabajadores que viven en otras ciudades vuelven a sus pueblos para reunirse con sus abuelos, tíos y primos. Todos ellos cargados de nostalgia. Ya lo dice Jesús Lechón, el cronista de la villa: ‘Ojalá todos los días fuese San Roque’.
Mientras tanto, yo era ese ‘forastero’, ‘ese chico de ciudad’, el cual un tanto ignorante, pues no sabía gentilicios básicos del pueblo. Palabras como chupinazo y peña no entraron en mi dialecto de vida hasta ahora.
El primer acto que cubrí fue la proclamación y luego nos invitaron a la verbena. Después grabamos las fiestas patronales en honor a San Roque; más verbenas. Posteriormente, cubrimos fiestas de pueblos con el programa ‘La Última y Nos Vamos’; verbenas, sorteos de bingo y la canción de ‘La Morocha’ regostando en mi mente una y otra vez. Ya parecía algo rutinario.
Lo curioso de todo esto era la manera tan propia que tenían de abrirte la puerta sin preguntar demasiado, de tratarte como si ya formases parte del lugar. Recuerdo saludar a Belén, la limpiadora del ayuntamiento, mientras iba a comprar y cuando desayunaba en el bar. Me la volví a encontrar en las fiestas de El Poyo del Cid; no dudó ni un segundo en invitarme a algo.
Después llegó el ‘Día D’. El final del verano. Ese momento en el que la gente vuelve a sus rutinas, a los estudios, a ese ‘9to5’ que tanto nos reclaman. Con el adiós de las fiestas llegó el vacío emocional que sentían los vecinos del pueblo al ver a sus nietos marcharse a estudiar a la capital.
Las comisiones y los ayuntamientos trabajaban incansablemente todo el año para que sus pueblos no se convirtieran solo en un recuerdo del verano y yo, en el proceso, cubría un festival en mitad de una sabina milenaria y conocía a Luis Alegre, el ‘aragonés más querido de los famosos’, quien también me presentó a tres premios Goya en un pueblo de 40 habitantes (sucedió el mismo día).
Las personas siempre me agradecían el dar visibilidad a sus historias; Lugares como Berrueco, celebrando el primer nacimiento de un bebe en veinte años; la Laguna de Gallocanta, con un albergue que mantenía las esperanzas de seguir abierto pese a la gripe aviar; y los campos de azafrán, donde los agricultores anticipaban entre lamentos una mala cosecha por el clima.
Como recuerda Javier Lizaga en su artículo ‘Contar Teruel’, el periodismo está en salir al territorio, no a la espera de un teletipo enviado por una agencia de noticias. Es entrevistar al último salinero de Ojos Negros o a esa calamochina que acaba de cumplir 100 años. Cubrir esa boda que se celebra por primera vez en más de tres décadas en Allueva o la inauguración de ese parque donde hallaron restos de esqueletos del siglo XV.
Sé que esta experiencia no me convertirá del todo en un chico de pueblo —la cafeína y el transporte público tiran demasiado de mí—, pero sí me ha enseñado la importancia de la labor del periodismo en las comarcas, lugares donde no se recogen muchas veces en los medios nacionales.
Gracias a esos periodistas que siguen dando voz a sus pueblos. Porque al final, contar un territorio también es mantenerlo vivo.
